viernes, 26 de noviembre de 2021

Presentan “Equipaje ancestral”, novela fantástica de Favio Anselmo Lucero

 



Favio Anselmo Lucero presentará este sábado 16 su novela Equipaje ancestral, obra que el autor engloba en las etiquetas de fantasía, narrativa y espiritualidad. La presentación será a las 19 en Café Avellaneda (Avellaneda 240).

“Seguramente alguna vez tuviste nostalgia de tu infancia, en la que no existían los límites ni el tiempo. O guardaste en tu interior experiencias intensas que fueron determinantes en el rumbo de tu vida. Es por eso que el autor en estas páginas, nos invita a emprender un viaje, con dos enfoques distintos implícitos dentro del Equipaje Ancestral”, comienza diciendo la sinopsis de la obra.

“Uno, emotivo y empático, para conocer mundos reales e imaginarios y acercarnos a la atrapante vida de sus personajes, entre duras realidades actuales y enigmáticos hechos inesperados. El otro, introspectivo y personal, para mirar de cerca las propias historias que vivimos en la infancia, en la familia, en la cultura y atrevernos a desentrañar su contenido de luces y sombras”.

“El Equipaje Ancestral nos evoca aquellas vivencias que atesoramos o las verdades que callamos. Es ese bagaje que, sacado a la luz, nos mostrará la mejor versión de nosotros mismos, impresa en nuestras raíces. Para una vida genuina, sin violencia, sin discriminación, en aceptación y valoración de las diferencias, y en armonía con el medio ambiente”, completan.

EL AUTOR

Favio Anselmo Lucero nació en Reducción, Córdoba, el 15 de julio de 1964. Estudió Filosofía y Teología. Actualmente trabaja en telecomunicaciones. Es locutor y condujo varios programas radiales. Es defensor activo de los derechos de la comunidad LGTBQ+, a través de videos en su canal de YouTube: FALUZ. Estudia y concientiza, dando a conocer la Teología Queer. Además, es creador del blog solidopuente.

Ha publicado dos cuentos en las antologías de autores independientes Voces Cruzadas y Cuentos como Pájaros (Editorial Dunken): Amanece al oscuro El Capitán. Ganó dos concursos literarios: con el cuento Monedas para el recuerdo (Julián Baquero, 1987) y con el cuento El hada cordobesa (La Voz del interior, 2007).

martes, 13 de octubre de 2020

ENFRENTANDO AL LOBO:.La vocación de un sacerdote gay


por el Reverendo P. James Alison, teólogo católico, sacerdote y autor.

Se me ha pedido que reflexione con usted sobre lo que significa ser un sacerdote abiertamente homosexual. Para dar mi testimonio, por así decirlo, uno de los muchos testimonios que escuchará durante este Mes del Orgullo. Me siento honrado de que se me ofrezca esta oportunidad y estoy enormemente agradecido por las formas en que esta parroquia ofrece tanto espacio para el discernimiento de lo que es apropiado, e incluso urgente, en la vida de la iglesia.


Es difícil para mí explicar esto, pero daría un falso testimonio si no dijera que el trasfondo de toda mi vida en esta área ha sido una mentira, y la forma de mi edad adulta una búsqueda más o menos desesperada. para sacar la verdad de las mentiras.

Cuando era niño, mis padres me enseñaron la importancia absoluta de Jesús y del amor; y por el mundo políticamente conservador, evangélico protestante en el que me crié, que la “homosexualidad” era diametralmente opuesta a eso. Cuando, en 1969, a los nueve años, supe lo que era un "queer" y supe que yo era uno, me emocioné al saber que había una palabra para personas como yo, por horrible que fuera, y al mismo tiempo perdida y perdida. abandonado en un mundo en el que nunca sería aceptado.

No podía imaginarme conociendo la guía y la compasión que la acompaña de los adultos en mi vida, solo su rigidez y probable rechazo.

Solo décadas más tarde supe el contexto familiar del mundo en el que ese niño de nueve años se estaba abriendo camino: que Lord Montagu de Beaulieu, uno de los protagonistas involuntarios y héroes de la campaña para legalizar la homosexualidad en Inglaterra, había sido una vida. amigo de mi padre, haber estado juntos en las escuelas durante sus respectivas infancias (confirmado cuando Montagu se me presentó deliberadamente y con gran calidez en el funeral de mi padre); que mi amada tía había sido una vez amante de Roy Jenkins, el ministro del Interior que había impulsado la legalización de la homosexualidad en 1967 en contra del voto del propio hermano (mi padre) en el Parlamento;

Sin embargo, el niño que yo era en la década de 1960 no sabía nada de esto, salvo que mis hermanos y yo nos alistamos en la campaña de mis padres contra la peligrosa agenda anticristiana de la década de 1960, y que, sin saberlo, yo era el enemigo interno. . A partir de ese momento supe que tenía que esconder esta realidad sobre mí mismo para no dañar a los demás con la maldad de mis deseos. También me di cuenta de que lo mejor que podía hacer, sabiendo que para siempre estaría privado de recompensa o aprobación, era ser tan bueno, de todas las formas posibles, como la persona que nunca podría ser, consciente de que lo habría hecho. convertirme en esta persona como de la nada, sin apoyo ni compañía. En pocas palabras: que debería ser en todos los aspectos externos un seguidor de Jesús tan bueno como sea posible, a pesar de que Jesús no me quiere. Y esto me convertí, durante los siguientes diez años: ¡el perfecto fariseo! Con una velocidad asombrosa aprendí a imitar las respuestas "normales" de aquellos que tenían sentimientos reales y vidas reales, al mismo tiempo que era consciente de que no tenía derecho a nada, y no podía aferrarme a nada como mío, no existiendo un "yo" allí. . Por lo tanto, aunque sabía que mi logro al final sería una falsificación, una construcción artificial, al menos habría limitado el daño que el amor de una persona tan malvada podría causar a quienes los rodean.
También sentí, ya en eso Al menos habría limitado el daño que el amor de una persona tan malvada podría causar a quienes los rodean. También sentí, ya en eso edad, que nunca sería capaz de mantener un trabajo estable: la indignidad y la inestabilidad se alimentan mutuamente para producir esa falta radical de autoconfianza que no pocas veces se esconde detrás de la máscara de un estudiante de internado. Sin duda, esto ha marcado mi sacerdocio.

En la Universidad, diez años después, me sometí (sin ningún acompañamiento, médico o de otro tipo) lo que ahora se llamaría un brote psicótico. Y así comenzó mi derrumbe de toda la estructura de vida que me había formado hasta ahora: universidad, contemporáneos, familia y país. Fue lo más cerca que estuve del suicidio. Cuando sentí que mi "yo" se disolvía y se hundía en un remolino interminable de disociación, la frase a la que me aferré fue "Yo serviré". No sé de dónde vino la frase, ya que non serviam no había formado parte ni de mi educación protestante ni de mi educación clásica.

Mientras tanto, y sin que yo lo entendiera, la misericordia me había ido llegando lentamente. Como me había enamorado de un contemporáneo de nueve años en la escuela, sin tener por supuesto ninguna de las palabras para describir algo tan maravilloso o tan aterrador, supe que el amor era algo más que las banalidades de mi educación religiosa. Debido a que esto sucedió mucho antes de la pubertad, siempre estuve protegida de aquellos que luego intentaron hablar de la homosexualidad como algo principalmente relacionado con los actos sexuales, más que con el amor. Sabía que se trataba del amor mucho antes de saber que existían cosas como los actos sexuales. Esa misma misericordia, burbujeando silenciosamente a través de otra amistad, fue invisible hasta que cumplí los dieciocho, cuando se manifestó como una necesidad urgente de ser recibido en la Iglesia Católica.

Sin embargo, en la década de 1960, la palabra que había absorbido del mundo como era entonces, sobre un amor tan enorme, abismal, y el sueño de compartirlo con otro chico para siempre era: "imposible". Y es lidiar con este terrible doble vínculo —el amor y su imposibilidad, con esa imposibilidad aparentemente sancionada por Dios— lo que ha formado gran parte de lo que me he encontrado intentando hacer y enseñar, como hombre y como sacerdote, siempre. ya que. He llegado a entender que cuando Jesús dijo “nada es imposible para Dios” no estaba señalando que Dios puede hacer cosas superlativamente difíciles (como si “difícil” fuera un término útil relacionado con Dios), sino que para Dios, nuestro doble las ataduras, las imposibilidades en el deseo, no son nada. Que el reverso de la imposibilidad es un aspecto definitorio de quién es Dios.

¿Por qué compartir contigo como testimonio estos fragmentos de años pasados? Primero, debido a que el nombre se ha dejado de lado, no creo que sean únicos. En segundo lugar, tampoco creo que avanzaremos mucho en la imaginación encarnada de las familias y sus diferentes formas futuras sin trabajar a través de la experiencia vivida de esos creyentes no deseados. Esta experiencia ha sido, hasta hace poco en el mundo occidental, como todavía lo es en muchas otras partes del mundo, la de habernos encontrado presididos como el enemigo involuntario de todo lo que a nosotros también nos enseñaron era bueno y verdadero por padres, maestros , iglesia y sociedad en general. Quienes nos representan a Dios nos han mentido. Mentimos acerca de nosotros mismos y mentimos acerca de Dios. Y nosotros mismos nos hemos convertido en esos mentirosos que nos mintieron. nos.

Además, el lenguaje, los sentimientos y las experiencias asociadas con vivir esta realidad han sido, y siguen siendo para muchas personas, de una violencia bastante notable. Terror, pánico, infierno, demonización, abominación, perdición, incapacidad para confiar en los sentimientos, incapacidad para decir la verdad o confiar en los adultos con la verdad. Una asombrosa gama de resonancias detectadas de estas palabras ha a menudo se ha vivido sin ayuda cuando el joven en cuestión tiene edad para votar. Y las consecuencias de haberlas vivido, si es que el joven las vive, bien pueden estar con esa persona mucho después de haber aceptado la verdad perfectamente banal de que su orientación sexual es una variante minoritaria no patológica de la condición humana. y que todo lo que atravesaron fue el aterrador remanente de un arcaico sagrado alimentado por la expulsión que es todo menos de Dios.

Entonces, mentiras y violencia en el corazón de la vida familiar y de la iglesia. Ahí es donde comienza mi testimonio. Por alguna razón propia de Dios, he recibido el encargo formal de vivir esta realidad como sacerdote. Por lo que puedo decir, esto ha significado permitir que la fachada aterrorizada de una persona que tan hábilmente estaba construyendo sea desmantelada por el amor y la misericordia a medida que estos han llegado a mi vida, casi invariablemente por medios aparentemente inapropiados. Y de esta manera vivir en mi propia persona la redención de ese mundo de mentiras, de violencia y de deseo para convertirse de alguna manera en signo de que el sacerdocio de Jesús sigue vivo y coleando. “Por el gozo que le fue puesto”, nos abrió su sacerdocio entregándose a la muerte, ocupando y desintoxicando el lugar de la vergüenza humana,

Por supuesto, no he logrado convertirme en ese signo de tantas maneras como para hacer que la afirmación sea ridícula. Pero también he aprendido que el fracaso es uno de los sitios de construcción preferidos de Grace. Cuando leo las palabras de Jesús sobre el Buen Pastor, sé que en la tarea para la que me han encomendado, el lobo del que, como asalariado, más me tienta a huir, es la violencia y el odio mortales que brotan de los dientes de los vehementemente justos en cualquier cultura: una violencia que se desata cada vez que se sugiere que, después de todo, quizás las personas LGBT sean amadas tal como somos, y que nuestro florecimiento toma el camino de aprender a humanizar nuestro amor a partir de donde estamos. Por supuesto, uno de los lugares donde este odio y esta violencia tienen una embajada favorecida en la tierra es el armario clerical católico.

Entonces, para mí, aprender a “alimentar a mis ovejas” implica no huir del lobo. Corriendo el riesgo de ser asesinado por ella, perder legitimidad, buena reputación, empleabilidad en sus garras, sí; pero también esquivando sus demasiado obvias acusaciones, nunca provocándolo para que agarre una dosis demasiado barata de rectitud rebelde. Más bien poco a poco enfrentándolo hacia abajo para que pierda la trascendencia, sus artimañas y engaños cada vez mejor comprendidos, y de esa manera, encontrándome traído a la vida como un genuino pastor, un hijo de Dios. No el asalariado que temía, era mi destino.

Espero que de esta manera esté aprendiendo lo suficiente para poder compartir algunos de los inconmensurables privilegios de mis aproximadamente treinta años de sacerdocio con mis hermanas y hermanos. Nosotros, que estamos creando lo que Armistead Maupin denomina nuestras familias lógicas, más que biológicas. A veces hay una superposición entre los dos y otras no. Pero ahora, a medida que el mundo de la "imposibilidad" se desvanece, incluso nosotros tenemos el poder de reconocer a uno como nosotros y gritar "¡aquí por fin hay carne de mi carne y hueso de mi hueso!" Es mejor estar muerto que fingir lo contrario. La naturaleza llena de cruces de la ruta nos ha permitido saber que es el Espíritu de la verdad clamando en nosotros cuando hacemos ese grito, que el amor resistente ha sido probado y las familias improbables ya están dando gloria a Dios. , para quien crear es atreverse al verdadero ser.

(Este artículo aparece en la edición de junio de 2020 de Commonweal Magazine y en su sitio web aquí )

P. James Alison durante muchos años ha sido un defensor y ministro de los católicos LGBTQ. También ha criticado duramente el clericalismo y ha dicho que el tema de los hombres homosexuales en el sacerdocio es un “ elefante en la sacristía . ”Él revisó positivamente el libro de Martel, una reseña que está disponible aquí . La teología y las críticas de Alison de la iglesia han sido reflexivas y se han extraído de su propia autenticidad, lo que las hace particularmente convincentes. El llamado del Papa Francisco y el respeto por los derechos del camino de Alison es una gran injusticia infligida por el Vaticano. Debería animar a todos los católicos a seguir sus conciencias y hacer el trabajo al que Dios los llama, incluso si los líderes de la iglesia condenan o excluyen.

- Robert Shine, Ministerio New Ways, 29 de septiembre de 2019.

miércoles, 10 de abril de 2019

Carta abierta de un periodista gay al papa Francisco

He visto la entrevista que le dio usted al periodista Jordi Évole, en la que nuevamente habló de los gays, corrigiendo que no nos mandaría al psiquiatra desde niños, como había dicho antes, sino apenas al psicólogo, como sin fuese tan diferente, y diciendo que nuestros padres deberían vigilar si hacemos "cosas raras". Dijo también otras cosas que solo entienden quienes leen entre líneas y conocen el perverso catecismo de la Iglesia, pero pasan muchas veces inadvertidas para muchos. Ya escribí varias veces sobre esa costumbre suya, esa capacidad de decir una cosa y lo contrario al mismo tiempo, pero quería esta vez hablarle a usted, aunque no sé si algún día leerá esta carta.
Antes que nada, Francisco, para ser sincero, yo no le creo nada.No le creía antes, cuando aún se llamaba Jorge y llamaba a la guerra santa contra nuestro derecho a contraer matrimonio civil –en privado, usted le echaba la culpa a monseñor Aguer, pero después repitió el mismo discurso del arzobispo de La Plata en su famosa carta a las monjas, que yo hice publicar en los diarios–, y tampoco le creo ahora.
Escribí en mi último libro sobre lo que dijo usted en aquel vuelo de regreso desde Río de Janeiro, sobre el patético final de esa comedia de enredos que fue el sínodo de la familia, sobre su silencio después de la masacre de Orlando, sobre sus amagues que quedan en nada. Tenemos un amigo en común que trató de convencerme de que tiene usted buenas intenciones, pero prefiero los hechos a las palabras, las evidencias a la fe. Y lo que los hechos muestran, una y otra vez, es que usted no ha cambiado. A diferencia de su archienemigo en la interna eclesiástica argentina, es usted un hombre muy inteligente, con una habilidad política sensacional. No creo que sea homofóbico. Creo que es ambicioso y oportunista, y repite el discurso homofóbico de la Iglesia porque es su trabajo, aunque trate de matizarlo para preservar su face, como enseña la sociolingüística, porque quizás, en el fondo, le dé un poquito de vergüenza.
Sí, debe dársela. Usted es un hombre culto, leído, que sabe muy bien la diferencia entre las pavadas que dice su Iglesia sobre la sexualidad y lo que la ciencia, de forma unánime, sabe sobre ella. No es un fanático encerrado en su propio dilema, como su antecesor, ni un perverso muerto de miedo, como los pedófilos con los que convive en el Vaticano. Usted sabe que la Iglesia dice barbaridades cuando habla de los gays y probablemente le den vergüenza ajena los que, a diferencia de usted, las dicen convencidos. Yo no le creo que usted se crea esas barbaridades, aunque finja creerlas. Vamos, le digo esto porque lo respeto, aunque no lo quiera. Usted sabe perfectamente lo que debería hacer si quisiera, de verdad, acabar con la conducta criminal, cínica, hipócrita, cruel y perversa que la Iglesia mantiene hace tanto tiempo contra la dignidad humana de los homosexuales. Pero no lo hace. Apenas trata, con palabras bien calculadas, de escribir el capítulo sobre sí mismo en los futuros libros de historia, sin arriesgar para merecer lo que espera que recuerden de su papado, sin decirle basta a tanta hipocresía, a tanta maldad.
Le escribo, aunque no le crea, porque respeto su inteligencia. Porque reconozco en usted a un interlocutor racional, de quien podría esperar un diálogo que sería imposible con un fanático como Benedicto. Creo que quienes tenemos un espacio en los medios de comunicación –que a usted, como buen político que es, siempre lo han obsesionado– deberíamos acorralarlo más, para que ser hipócrita le resulte más difícil. Esa vocación de parte de la prensa por besarle el anillo papal se la pone a usted demasiado fácil. Y, aunque me parece casi imposible que dé el brazo de la Iglesia a torcer, creo que el periodismo debería ir a fondo, ponerlo en un brete, empujarlo a preguntarse si, al final de cuentas, no le conviene a usted decir de una vez por todas la verdad y reconocer que, durante todo este tiempo, la Iglesia ha dicho barbaridades sobre nosotros, que causaron mucho dolor y cegaron muchas vidas. Pedir perdón, esa cosa tan cristiana. Hacerlo, aunque más no sea, para pasar a la historia mereciéndolo. La prensa debería dejar de ser obsecuente y cuestionarlo como hacemos con los políticos. Y si eso no es suficiente en su caso, que cree el clima para que sea su sucesor quien finalmente diga la verdad.
Hay gente que me pregunta, Francisco, por qué me preocupa tanto lo que hacen usted y su Iglesia, si yo no creo en Dios. Es irrelevante lo que yo crea. Lo cierto es que su Iglesia y usted mismo tienen un poder gigantesco, que viene siendo usado en todo el mundo para difamarnos, para tratarnos como menos gente, menos dignos, anormales, pecadores, enfermos, para negarnos derechos civiles básicos, para presionar a gobiernos y parlamentos para que nos mantengan como ciudadanos de segunda. El catecismo de su Iglesia enseña desde chicos a millones de personas a creer que "los actos homosexuales son intrínsecamente desordenados (…), son contrarios a la ley natural, cierran el acto sexual al don de la vida, no proceden de una verdadera complementariedad afectiva y sexual, y no pueden recibir aprobación en ningún caso". Es textual, Francisco. Esa es la porquería que les meten a los chicos en la cabeza para tomar la comunión. Usted, que es un tipo inteligente y culto, sabe que eso es una atrocidad. Sabe que la ciencia es unánime en decir que la homosexualidad es apenas una orientación sexual, ni mejor ni peor que la heterosexualidad y la bisexualidad, ni más ni menos normal, ni más ni menos saludable, apenas diferente. Una característica absolutamente natural, que forma parte de la diversidad biológica de nuestra especie y de muchas otras, como tener la piel blanca o negra, los ojos verdes o café, el pelo morocho o rubio, o ser diestro o zurdo. No se elige ser homosexual, ni puede cambiarse, ni es necesario, porque no hay nada de malo en serlo. Usted lo sabe, no se haga el tonto. No le creo cuando finge demencia.
Usted sabe, Francisco, que no importa lo que cada uno de nosotros crea sobre Dios: la prédica homofóbica de su Iglesia provoca sufrimiento a millones de personas desde su niñez, sean católicas o no; retira derechos, justifica la violencia que sufrimos, nos ofende y discrimina, nos transforma en blanco del desprecio de otros que creen el lo que dice su catecismo, lleva a muchos padres a creer que sus hijos homosexuales son "raros", como acaba de decirles usted, y los traten como tales, y autoriza a políticos populistas a usar el discurso de su Iglesia como justificación para sus propias políticas de odio. Usted sabe el daño que todo eso hace, Francisco. Por su culpa, por su grandísima culpa.
Ahora, hablemos de lo que usted le respondió a Jordi Évole. El periodista le recordó aquella vez que usted dijo eso de "quién soy yo para juzgarlos" y su respuesta, Francisco, confirmó lo que muchos habíamos cuestionado entonces, leyendo su frase completa, que al final remitía al catecismo. "Las tendencias no son pecado", le dijo usted al periodista, y luego agregó: "Si vos tenés tendencia a la ira, no es pecado, pero si sos iracundo y le hacés daño a la gente, el pecado está allí”. Por si no quedaba claro, usted resumió: el pecado es "actuar una tendencia". Es decir, para que la homosexualidad no sea pecado, la condición es la castidad, como dice el catecismo. Que significa, en buen castellano, que, si a mí me gustan los hombres, debería haberme mantenido virgen para siempre, negar mi sexualidad, reprimir mis deseos, no enamorarme, no tener pareja, no formar una familia (esa familia que ustedes tanto dicen defender), ser una persona infeliz, frustrada, solitaria, que rechaza una parte constitutiva de sí mismo.
Eso, Francisco, ha llevado al suicidio a muchos de los que creen en la porquería que enseña su Iglesia. Y a otros los ha llevado a la doble vida, al fingimiento, a la mentira, inclusive dentro de la institución que usted gobierna. Además, cuando usted dice que lo que es pecado no es la tendencia, sino el acto, eso alcanza como justificación para toda la violencia ejercida contra nosotros, para toda la negación de derechos. Porque, en definitiva, cuando un país no reconoce nuestros matrimonios, está condenando el acto de vivir libremente nuestro amor, no apenas una tendencia, y cuando un homofóbico se siente autorizado a darle una paliza a una pareja gay en la calle, lo que le molesta no es la vivencia interior de esos maricones, sino que fuesen por ahí de la mano o se dieran un beso en público, desafiando la imposición de la castidad y transformando la vergüenza en afirmación y orgullo. Lo que nos condenan es que seamos felices.
Cuando el periodista le recordó que usted recomendó a los padres que, si sospechaban que su hijo es homosexual, lo mandasen al psiquiatra, usted se puso en modo "no fue eso lo que quise decir". Culpó a la prensa por haber dado la noticia, por haberlo acusado injustamente de querer tratarnos como enfermos mentales. Pero al querer arreglarla, la empeoró, porque mostró que lo que quería cambiar no eran sus palabras, sino apenas la forma en que los medios lo criticaron por ellas. Dijo que "toda persona tiene derecho a tener un padre y una madre" (ya que estamos, no dos padres, ni dos madres), "venga como venga el crío o la cría". Ay, Francisco, ¿cómo es eso de "venga como venga"? Entre líneas, otra vez, usted está diciendo que nosotros y nosotras vinimos defectuosos.
En la parte que los que le creen van a resaltar, usted dijo que "nunca se echa del hogar a una persona porque tenga tendencia homosexual". Es un típico ejemplo de esas frases suyas que pueden ser leídas de maneras opuestas. Sus admiradores dirán que es revolucionario que un papa les pida a los padres que no echen a sus hijos gays de casa, como si eso fuese lo máximo que usted puede decir en el siglo XXI. Pero usted dijo "porque tenga tendencia homosexual". Volvamos a lo anterior. Si en vez de apenas tener "tendencia", tiene novio, ¿ahí qué hacemos, Francisco? Usted mismo se lo explicó al periodista, y esa fue la peor parte: "Cuando una persona es muy joven o pequeña y empieza a mostrar síntomas raros. Ahí conviene ir… yo dije psiquiatra", pero fue la maldita prensa que se aprovechó de sus palabras para criticarlo, así que rectificó: “… ir a un profesional, a un psicólogo, que más o menos vea a qué se debe eso, antes del diagnóstico”. ¿Cuál sería, en este caso, la diferencia entre un psicólogo y un psiquiatra? ¿Qué diagnóstico, por el amor de tu dios, Francisco?
Usted no es tonto, repito. Es un hombre culto, inteligente. Usted sabe que no hace falta ningún diagnóstico, porque la homosexualidad no es ninguna anomalía o enfermedad, ni nada "raro". Es una orientación sexual –repitamos, por si alguien no lo entendió–, ni más ni menos normal, ni más ni menos natural, ni mejor ni peor. Es parte de la diversidad biológica de la especie humana, entre otras. Lo es, como la tierra es redonda. Pero al hablar de cosas raras, psicólogo y diagnóstico, lo que usted está haciendo, Francisco, es sugerir que, si un padre descubre que su hijo es gay, debería tratar de "corregirlo", porque hay algo en ese chico que "está mal". Es justamente eso lo que lleva a muchos padres a no aceptar a sus hijos, cuando entienden que no podrán cambiar esa "tendencia", que tendrán que aceptar los "actos" que naturalmente vienen con ella (por ejemplo, que su hijo tenga novio y quiera llevarlo a cenar a la casa de sus padres, que quiera ser feliz siendo lo que es y no fingiendo, mintiendo, escondiéndose). No hay nada que sus padres puedan hacer para cambiar lo que no se puede cambiar, como no podría "corregirse" la heterosexualidad y obligar a un hijo hétero a que le gusten los hombres. Pero sí hay algo que pueden hacer para no joderle la vida: amarlo sin condiciones.
Usted sabe, Francisco, que en esas palabras suyas sobre rarezas, síntomas y psicólogos está el germen que ya produjo tantos suicidios, tanta violencia, tanto odio, tanta discriminación. Que es justamente basándose en esas palabras que obispos de su Iglesia, como está ocurriendo ahora en España, promueven "terapias" anticientíficas de "reversión de la homosexualidad" que no pasan de sesiones de tortura y dejan daños psíquicos gravísimos en quienes son sometidos a ellas y no se suicidan o salen corriendo. Son esas palabras suyas que autorizan a políticos populistas a hablar de la homosexualidad como algo “raro”, antinatural, anormal, promoviendo políticas y leyes discriminatorias, justificando la violencia contra nosotros y nosotras.
Cuando Jordi Évole, un muy buen periodista, le cuestionó sus palabras, le mostró lo espantoso que era hablar de "cosas raras" o pedir a los padres que lleven a sus hijos gays a un psicólogo, usted insistió: "Para una familia es raro, algo fuera de lo normal". Es más, dijo que había que distinguir entre ese momento de dudas sobre los "síntomas raros" de sus hijos y aquel en el que "la actitud homosexual está fijada". Otra vez, como si hubiese alguna forma de cambiar la orientación sexual de una persona. Usted sabe que no la hay, ni tampoco se justifica intentarlo, porque no hay nada de malo en ser gay o lesbiana. Repito: usted es una persona inteligente, no se haga el tonto.
El periodista le cuestionó, al final, que lo que usted presentaba como gestos positivos sobre este asunto podía ser, para mucha gente, insuficiente. "¿Qué más falta?", preguntó usted, poniéndole punto final a la discusión, porque Jordi no supo responderle. Es ahí que quería llegar, Francisco. Falta mucho, muchísimo, y usted lo sabe.
Falta, en primer lugar, que usted y su Iglesia reconozcan algo que a esta altura es tan evidente como que la tierra no es plana y el sol no gira a su alrededor. Que usted y su Iglesia reconozcan, de una buena vez, que no hay absolutamente nada de malo en ser homosexual, que no es una elección, ni una enfermedad, que es tan normal y saludable como ser hétero, que no es una cuestión moral, y que las personas homosexuales tienen derecho a ser tratadas con el mismo respeto y a gozar de los mismos derechos que los demás. Falta, para eso, que usted y su Iglesia paren de presionar a los gobiernos, a los parlamentos y a los jueces, en diferentes lugares del mundo, para que nos nieguen derechos tan básicos como el matrimonio civil, para que las escuelas implementen políticas contra o bullying homofóbico, que tanto daño le hace a tanta gente, que tantos suicidios provoca alrededor del mundo, para que promuevan el respeto y la celebración de la diversidad, para que eduquen contra el prejuicio.
Falta, Francisco, que corrijan esa parte horrible y perversa del catecismo que dice las barbaridades que cité más arriba, que son terriblemente ofensivas, además de estúpidas. Que dejen de meterles esa porquería en la cabeza a los chicos que van a hacer la comunión. Que dejen de decirles a los padres que si sus hijos son homosexuales eso es raro, o que necesitan llevarlos al psicólogo. Falta que no permitan más que tantos curas, obispos y cardenales digan barbaridades mucho peores, que se parecen a las que los nazis decían de los judíos, y que, si las dicen, los echen de la Iglesia. Y ya que estamos, que echen a los pedófilos, que hacen cosas mucho peores. Falta que pidan perdón por todo el odio que desparramaron, por todo el dolor que provocaron, por todo el daño que hicieron. Falta, Francisco, que decir barbaridades sobre los homosexuales deje de ser una de las principales ocupaciones de la Iglesia y pase a ser un pasado por el que se disculpan con el mundo, para que les creamos que por fin aprendieron a ser buena gente.
Falta, Francisco, que usted deje de fingir y reconozca la verdad. Que admita que es usted inteligente y sabe que todo esto que le digo aquí es cierto. Que reconozca que es difícil, porque su Iglesia ha mantenido esta hipocresía durante demasiado tiempo, insultando en público a los homosexuales y haciendo lobby político contra sus derechos, mientras hacen orgías con taxi boys en los palacios del Vaticano. Y que a muchos les cuesta cambiar y reconocerlo, porque tienen miedo de que se sepa. Falta que reconozca que han mentido y que dejen de hacerlo, porque eso sí, Francisco, me parece que es pecado. Porque lo han hecho siempre invocando el nombre de Dios en vano.
Falta todo eso y mucho más, Francisco. Y es por ello que no le creo nada. Porque sé que usted lo sabe. Y sabe que sabemos que lo sabe. Porque, a diferencia de su antecesor, no es usted un fanático. Pero, justamente por eso, usted es peor. Porque si yo le creyera, como les creo a otros de los suyos que están muy mal de la cabeza, me daría pena. En su caso, Francisco, me da bronca, porque es usted un mentiroso.

sábado, 23 de febrero de 2019

VICTIMAS de abuso sexual de curas y religiosos en el mundo


Fuente: 

eldiario.es



"Desgraciadamente, la mayoría de las conferencias episcopales del mundo, como la española, se niegan a difundir cifras detalladas", denuncia uno de los supervivientes de estos abusos, Miguel Ángel Hurtado


Italia... a España.


Si a eso sumáramos todas las denuncias conocidas a través de los medios, el número superaría, con mucho, los 100.000. "Resulta razonable pensar que hay centenares de miles de víctimas en todo el mundo", señala a eldiario.es Miguel Ángel Hurtado, víctima de abusos por parte de un sacerdote en Barcelona cuando tenía 16 años, y que hoy colabora como uno de los portavoces de ECA Global.
"Vemos muy preocupante que no haya habido una auditoría exhaustiva del número de sacerdotes pederastas y de víctimas en todos los países donde la Iglesia católica tiene una presencia muy importante", recalca Hurtado, que lamenta cómo "desgraciadamente, la mayoría de las conferencias episcopales del mundo, como la española, se niegan a difundir cifras detalladas de la magnitud del problema en su país". En el caso de la Iglesia española, tardaron hasta cinco años en hacer público el protocolo antiabusos.
Así, únicamente en una docena de países se han establecido mecanismos para conocer el número de víctimas, primer paso para poder ayudarlas. En algunos de ellos (Irlanda, Bélgica, Holanda o Estados Unidos), con la colaboración de las autoridades eclesiásticas, y en otros merced a comisiones estatales de investigación (como en el caso de Australia o Canadá) o por investigaciones judiciales (como sucediera en Chile).
"Hay muy poca información disponible, ya que ni la Iglesia ni la mayor parte de estados han tenido el menor interés en estudiar la magnitud del problema", recalca Hurtado. Dichos datos muestran, por ejemplo, cómo en Irlanda se han dado 14.000 víctimas de las industrial schools, cifra que no sólo incluye abusos sexuales sino también menores que sufrieron abusos físicos. Si a esa cifra se suman los casos de acoso y robo de bebés, la cifra aumenta a las 25.000, según el organismo creado por el estado irlandés para gestionar las indemnizaciones a las víctimas.
En Australia, la Real Comisión habla de 4.447 víctimas de abusos, mientras que en Canadá, según datos del Gobierno, entre 10.000 y 12.000 personas fueron indemnizadas por sufrir abusos sexuales y físicos en las instituciones religiosas donde fueron internados de forma forzosa cientos de miles de indígenas.
La Comisión Deetman, creada por la Conferencia Episcopal holandesa, recalcó cómo 1.975 personas denunciaron haber sido víctimas, aunque la cifra real está entre 10 y 20.000; mientras que en Estados Unidos se han comprobado, e indemnizado, a 18.565 personas. A diferencia de lo que ocurre en España, en Estados Unidos, desde el caso Spotlight, los obispos sí recopilan y publican los datos. De hecho, el informe Pensilvania contó con la colaboración de las seis diócesis implicadas.
También la Conferencia Episcopal belga publica sus informes, en virtud de los cuales 1.046 víctimas han recibido indemnizaciones por delitos sexuales cometidos por miembros de la Iglesia. Algo similar sucede en Alemania, donde el Episcopado y el Gobierno del país detectaron 927 víctimas de abusos sexuales. Una "infraestimación", en opinión de Miguel Ángel Hurtado, puesto que sólo en el Coro de Ratisbona (que durante un tiempo dirigió el hermano de Benedicto XVI), se dieron 547 casos de abusos sexuales y/o físicos.

Austria y Chile

En Austria, 837 víctimas denunciaron abusos sexuales, según la investigación de la Comisión de investigación dependiente de la Conferencia Episcopal austriaca, mientras que en Suiza se comprobaron 294 casos entre 1950 y 2015
La investigación, aún abierta, por la Fiscalía chilena habla de 266 víctimas de abusos sexuales. 178 niños y adolescentes, mientras que en Perú el propio Sodalicio de la Vida Cristiana (movimiento fundado por el pederasta Luis Fernando Figari) admitió 36 víctimas de abusos sexuales. En Argentina, patria del Papa Francisco, al menos 20 menores sordos fueron abusados en el Instituto Provolo de Mendoza, según la Fiscalía del país. El caso más conocido en América fue el de Marcial Maciel, fundador de los Legionarios de Cristo y considerado 'apóstol de la juventud' por Juan Pablo II, que abusó de entre 20 y cien jóvenes, según estimaciones de la propia Santa Sede. Otro depredador sexual fue el padre Nicolás Aguiar, quien abusó de 26 menores en Estados Unidos y otros 60 en México.
"Lo más grave de todo -denuncia Hurtado- es que la gran mayoría de estos abusos se podían haber prevenido si la jerarquía católica hubiera denunciado a los pederastas en serie a la policía en vez de moverlos de parroquia en parroquia". Las cifras confirman el coste humano de esta política criminal de encubrimiento que, pese a todo, aún persiste en algunos rincones de la Iglesia, y son el origen de las acusaciones de los sectores ultraconservadores contra el Papa Francisco.
"Lo peor es que detrás de estos números hay personas de carne y hueso, mucho dolor y sufrimiento, muchas vidas destrozadas y familias rotas. Todo por preservar el poder, la reputación y el patrimonio de la Iglesia", lamenta el portavoz de ECA, que estuvo presente durante el viaje papal a Irlanda. En su opinión, "ha sido una oportunidad perdida. Francisco podía haber anunciado un plan de choque contra la pederastia con medidas específicas y un calendario de actuación (tribunal para juzgar a obispos encubridores, tolerancia cero a nivel global, entregar archivos canónicas a las autoridades civiles, notificación automática de todas las acusaciones de pederastia a la policía) Sin embargo prefirió hacer declaraciones genéricas".
Palabras que, en opinión de las víctimas, se quedan en nada "hasta que estalle el próximo escándalo, la próxima crisis de imagen de la institución". ECA lo tiene claro: "Ya pasó el tiempo de hablar, ha llegado la hora de actuar".

miércoles, 2 de enero de 2019

El pensamiento heterosexual -LA CATEGORÍA DE SEXO- Monique Wittig


La continua presencia de los sexos y la de los esclavos y los amos provienen de la misma creencia. Como no existen esclavos sin amos, no existen mujeres sin hombres. La ideología de la diferencia sexual opera en nuestra cultura como una censura, en la medida en que oculta la oposición que existe en el plano social entre los hombres y las mujeres poniendo a la naturaleza como su causa. Masculino/femenino, macho/hembra son categorías que sirven para disimular el hecho de que las diferencias sociales implican siempre un orden económico, político e ideológico. Todo sistema de dominación crea divisiones en el plano material y en el económico. Por otra parte, las divisiones se hacen abstractas y son conceptualizadas por los amos y más tarde por los esclavos cuando éstos se rebelan y comienzan a luchar. Los amos explican y justifican las divisiones que han creado como el resultado de diferencias naturales. Los esclavos, cuando se rebelan y comienzan a luchar, interpretan como oposiciones sociales esas presuntas diferencias naturales.

Porque no hay ningún sexo. Sólo hay un sexo que es oprimido y otro que oprime. Es la opresión la que crea el sexo, y no al revés. Lo contrario vendría a decir que es el sexo lo que crea la opresión, o decir que la causa (el origen) de la opresión debe encontrarse en el sexo mismo, en una división natural de los sexos que preexistiría a (o que existiría fuera de) la sociedad.

La primacía de la diferencia es tan constitutiva de nuestro pensamiento que le impide realizar ese giro sobre sí mismo que sería necesario para su puesta en cuestión, para captar precisamente el fundamento constitutivo. Captar una diferencia en términos dialécticos consiste en poner de manifiesto los términos contradictorios que deben resolverse. Comprender la realidad social en términos dialécticos materialistas consiste en captar las oposiciones entre clases término a término y reunirías en un mismo vínculo (un conflicto en el orden social) que es también una resolución (una abolición en el orden social) de las contradicciones aparentes. 

La lucha de clases es precisamente lo que permite resolver la contradicción entre dos clases opuestas, pues ella las desmantela en el momento mismo en que las constituye y las muestra como clases. La lucha de clases entre hombres y mujeres —que debería ser emprendida por todas las mujeres— es lo que resuelve las contradicciones entre los sexos, los destituye cuando los hace comprensibles. Hay que destacar que las contradicciones participan siempre de un orden material. Lo que me interesa señalar aquí es que antes del conflicto (la revuelta, la lucha) no existen categorías de oposición sino solamente categorías de diferencia. Y es sólo cuando la lucha estalla cuando se manifiesta la violenta realidad de las oposiciones y el carácter político de las diferencias. Pues mientras las oposiciones (las diferencias) sigan pareciendo datos, algo que está ya ahí, «naturales», precediendo a cualquier pensamiento —sin conflicto ni lucha— no habrá dialéctica, ni cambio, ni movimiento. El pensamiento dominante se niega a analizarse a sí mismo para comprender aquello que lo pone en cuestión.

Mientras no haya una lucha de las mujeres, no habrá conflicto entre los hombres y las mujeres. El destino de las mujeres es aportar tres cuartas partes del trabajo en la sociedad (tanto en la esfera de lo público como de lo privado), trabajo al que hay que añadir el trabajo corporal de la reproducción según la tasa preestablecida de la demografía. Ser asesinada y mutilada, ser torturada y maltratada física y mentalmente; ser violada, ser golpeada y ser forzada a casarse, éste es el destino de las mujeres. Y por supuesto no se puede cambiar el destino. Las mujeres no saben que están totalmente dominadas por los hombres, y cuando lo admiten, «casi no pueden creerlo». Por lo general, como último recurso ante la realidad desnuda y cruda, rechazan «creer» que los hombres las dominan conscientemente (porque la opresión es aún más terrible para las oprimidas que para los opresores). Por su parte, los hombres saben perfectamente que dominan a las mujeres («Somos los amos de las mujeres», dijo André Bretón2 ) y han sido educados para hacerlo. No necesitan decirlo constantemente, pues rara vez se habla de dominación sobre aquello que ya se posee.

¿Cuál es entonces este pensamiento que se niega a analizarse a sí mismo, que nunca pone en cuestión aquello que lo constituye en primera instancia? Este pensamiento es el pensamiento dominante. Este pensamiento afirma que existe un «ya ahí» de los sexos, algo que precede a cualquier pensamiento, a cualquier sociedad. Este pensamiento es el pensamiento de los que gobiernan a las mujeres. 

«Los pensamientos de la clase dominante son también en todas las épocas los pensamientos dominantes, es decir, la clase que es la fuerza material dominante de la sociedad es también la fuerza dominante intelectual La clase que dispone de los medios de producción material dispone, a su vez, de los medios de la producción intelectual, y en ambos casos, los pensamientos de aquellos a quienes se ha desposeído de los medios de producción intelectual son sometidos igualmente a esta clase dominante. Los pensamientos dominantes no son otra cosa que la expresión ideal de las relaciones materiales dominantes, son estas relaciones materiales dominantes capturadas bajo la forma de ideas, por tanto, son la expresión de las relaciones que hacen de una clase la clase dominante; dicho de otro modo, son las ideas de su dominación» (Karl Marx y Friedrich Engels, La ideología alemana). 

Este pensamiento que se basa en el predominio de la diferencia es el pensamiento de la dominación. 

La dominación suministra a las mujeres un conjunto de hechos, de datos, de aprioris que, por muy discutibles que sean, forman una enorme construcción política, una prieta red que lo cubre todo, nuestros pensamientos, nuestros gestos, nuestros actos, nuestro trabajo, nuestras sensaciones, nuestras relaciones. Por todas partes la dominación nos enseña: 


  • que antes de cualquier pensamiento, de cualquier sociedad, hay «sexos» (dos categorías innatas de individuos) con una diferencia constitutiva, una diferencia que tiene consecuencias ontológicas (el enfoque metafísico);
  •   que antes de cualquier pensamiento, de cualquier orden social, hay «sexos» que son «naturalmente», «biológicamente», «hormonalmente» o «genéticamente» diferentes y que esta diferencia tiene consecuencias sociológicas (el enfoque científico);
  •   que antes de cualquier pensamiento, de cualquier orden social, hay una «división natural del trabajo en la familia», «una división del trabajo [que] en su origen no es otra cosa que la división del trabajo en el acto sexual» (el enfoque marxista).    
Sea cual sea el enfoque, permanece siempre esa idea fundamental. Los sexos, a pesar de su diferencia «constitutiva», deben inevitablemente desarrollar relaciones de categoría a categoría. Dado que pertenecen a un orden natural, esas relaciones no pueden ser consideradas como relaciones sociales. Esta concepción que impregna todos los discursos, incluidos los del sentido común (la costilla de Adán o Adán es, Eva es la costilla de Adán), es el pensamiento de la dominación. El conjunto de sus discursos es reforzado constantemente en todos los niveles de la realidad social y oculta la realidad política de la subyugación de un sexo por el otro, el carácter obligatorio de la categoría en sí (que constituye la primera definición del ser social por su estado civil). Ello se plantea así, aunque la categoría de sexo no tiene existencia a priori, antes de que exista una sociedad. En cuanto categoría de dominación, no puede ser el producto de la dominación natural, es el producto de la dominación social de las mujeres ejercida por los hombres, ya que no existe otra dominación que la social. 

La categoría de sexo es una categoría política que funda la sociedad en cuanto heterosexual. En este sentido, no se trata de una cuestión de ser, sino de relaciones (ya que las «mujeres» y los «hombres» son el resultado de relaciones) aunque los dos aspectos son confundidos siempre cuando se discuten. La categoría de sexo es la categoría que establece como «natural» la relación que está en la base de la sociedad (heterosexual), y a través de ella la mitad de la población —las mujeres— es «heterosexualizada» (la fabricación de las mujeres es similar a la fabricación de los eunucos, y a la crianza de esclavos y de animales) y sometida a una economía heterosexual. La categoría de sexo es el producto de la sociedad heterosexual que impone a las mujeres la obligación absoluta de reproducir «la especie», es decir, reproducir la sociedad heterosexual. La obligación de reproducción de «la especie» que se impone a las mujeres es el sistema de explotación sobre el que se funda económicamente la heterosexualidad. La reproducción consiste esencialmente en este trabajo, esta producción realizada por las mujeres, que permite a los hombres apropiarse de todo el trabajo de las mujeres. Hay que incluir aquí la apropiación del trabajo que está asociado «por naturaleza» a la reproducción: criar a los hijos, las tareas domésticas. Esta apropiación del trabajo de las mujeres se efectúa exactamente de la misma manera que la apropiación del trabajo de la clase obrera por la clase dominante. No se puede decir que una de estas dos producciones (la reproducción) es «natural» y que la otra es social. Este argumento no es más que la justificación teórica e ideológica de la opresión, un argumento para hacer creer a las mujeres que antes de que hubiera sociedad y en todas las sociedades están sometidas a esta obligación de la reproducción. Sin embargo, de la misma manera que no sabemos nada del trabajo y de la producción social si nos situamos fuera de un contexto de explotación, no sabemos nada de la reproducción de la sociedad si no consideramos su contexto de explotación.

La categoría de sexo es el producto de la sociedad heterosexual, en la cual los hombres se apropian de la reproducción y la producción de las mujeres, así como de sus personas físicas por medio de un contrato que se llama contrato de matrimonio. Comparemos este contrato con el contrato que vincula a un trabajador con su empresario. El contrato que une a una mujer con un hombre es, en principio, un contrato de por vida, que sólo la ley puede romper (el divorcio). Asigna a la mujer ciertas obligaciones, incluyendo un trabajo no remunerado. Su trabajo (la casa, criar a los niños), así como sus obligaciones (cesión de su reproducción puesta a nombre del marido, coito forzado, cohabitación día y noche, asignación de una residencia, como se sobreentiende en la noción jurídica de «abandono del domicilio conyugal») significan que la mujer, en cuanto persona física, pertenece a su marido. El hecho de que una mujer depende directamente de su marido está implícito en la regla —generalmente respetada por la policía— de no intervenir cuando un marido pega a su mujer. La policía interviene ante una denuncia por agresiones cuando un ciudadano golpea a otro ciudadano. Pero una mujer que ha firmado un contrato de matrimonio deja en ese momento de ser un ciudadano ordinario (protegido por la ley). La policía expresa abiertamente su negativa a intervenir en los asuntos domésticos (en oposición a los asuntos civiles), aquí la autoridad del Estado no tiene por qué intervenir directamente, ya que esta autoridad ha sido sustituida por la del marido. Basta con ir a una casa de mujeres maltratadas para ver hasta qué punto esta autoridad puede ejercerse. 

La categoría de sexo es el producto de la sociedad heterosexual que hace de la mitad de la población seres sexuales donde el sexo es una categoría de la cual las mujeres no pueden salir. Estén donde estén, hagan lo que hagan (incluyendo cuando trabajan en el sector público) ellas son vistas como (y convertidas en) sexualmente disponibles para los hombres y ellas, senos, nalgas, vestidos, deben ser visibles. Ellas deben llevar puesta su estrella amarilla, su eterna sonrisa día y noche. Se puede decir que todas las mujeres, casadas o no, deben efectuar un servicio sexual forzoso, un servicio sexual que puede compararse al servicio militar y que puede durar, según el caso, un día, un año, veinticinco años o más. Algunas lesbianas y algunas religiosas escapan de él, pero son pocas, aunque vayan en aumento. Las mujeres son muy visibles como seres sexuales, pero como seres sociales son totalmente invisibles, y aun así deben hacerse lo más pequeñas posible y deben siempre disculparse. Basta con leer las entrevistas a mujeres excepcionales en las revistas para ver que siempre se disculpan. E incluso en la actualidad, los periódicos informan de que «dos estudiantes y una mujer», «dos abogados y una mujer», «tres viajeros y una mujer» han hecho esto o aquello. La categoría de sexo es la categoría que une a las mujeres porque ellas no pueden ser concebidas por fuera de esa categoría. Sólo ellas son sexo, el sexo, y se las ha convertido en sexo en su espíritu, su cuerpo, sus actos, sus gestos; incluso los asesinatos de que son objeto y los golpes que reciben son sexuales. Sin duda la categoría de sexo apresa firmemente a las mujeres. 

Y es que la categoría de sexo es una categoría totalitaria que para probar su existencia tiene sus inquisidores, su justicia, sus tribunales, su conjunto de leyes, sus terrores, sus torturas, sus mutilaciones, sus ejecuciones, su policía. Forma el espíritu y el cuerpo, porque controla toda la producción mental. Posee nuestros espíritus de tal manera que no podemos pensar fuera de ella. Por esta razón debemos destruirla y comenzar a pensar más allá de ella si queremos empezar a pensar realmente, del mismo modo que debemos destruir los sexos como realidades sociológicas si queremos empezar a existir. La categoría de sexo es una categoría que determina la esclavitud de las mujeres, y actúa de forma muy precisa por medio de una operación de reducción, como en el caso de los esclavos negros, tomando una parte por el todo, una parte (el color, el sexo) por la cual tiene que pasar todo un grupo humano como a través de un filtro. Hay que señalar que, en lo referente al estado civil, tanto el color como el sexo deben ser «declarados». Sin embargo, gracias a la abolición de la esclavitud, la «declaración» del «color» se considera ahora una discriminación. Pero esto no ocurre en el caso de la «declaración» del «sexo», algo que ni siquiera las mujeres han pensado en abolir. Yo me digo: ¿a qué esperamos? 


EQUIPAJE ANCESTRAL