jueves, 17 de mayo de 2018

Joseph Doucé


Pastor bautista gay y psicólogo que dirigía el Centre du Christ Libérateur en París, nació en una familia campesina pobre y católica el 13 de abril de 1945, en Sint-Truiden, Bélgica. Demostró pasión por los estudios religiosos y los idiomas (francés, alemán, inglés e italiano, así como holandés) en su juventud. Después de servir en el ejército, se estableció en Francia en 1964. En 1967, se convirtió a la fe bautista y, después de estudiar en Suiza, se convirtió en pastor. De 1970 a 1974 sirvió en parroquias en Lens y Bethune.
Muy consciente de su homosexualidad, Doucé comenzó sus estudios de psicología y sexología con el objetivo de fundar un centro para servir a las minorías sexuales. De 1974 a 1976 estudió las necesidades pastorales y psicológicas de las minorías sexuales en la Universidad Libre de Amsterdam, parcialmente respaldado por una subvención del Consejo Mundial de Iglesias.
En 1976, Doucé se mudó a París y abrió el Centre du Christ Libérateur (CCL), según los informes en un teatro pornográfico. Al parecer, fue el único espacio que pudo encontrar para hacer este ministerio en ese tiempo represivo en Francia. Doucé pronto desarrolló una red de partidarios de las clases profesionales en muchos países diferentes y pudo reubicar el CCL a la rue Clairaut.
La CCL celebró reuniones para transexuales, travestis, homosexuales, lesbianas y pedófilos. Publicó una pequeña revista ILIA, que significa Il Libère, Il Aime (" Libera, ama"). Doucé realizó ceremonias de bendición para parejas, tanto homosexuales como heterosexuales. El brazo editorial de la CCL, Lumière et Justice , publicó los diversos trabajos de Doucé sobre temas como la transexualidad, las parejas homosexuales y lesbianas, la pedofilia y el sadomasoquismo. Debido a que CCL y Doucé se acercaron a un amplio espectro de minorías sexuales, su trabajo a menudo era controvertido. Se convirtió en ciudadano francés en 1982.
Doucé y CCL fueron miembros fundadores de la Asociación Gay Internacional (más tarde Asociación Internacional de Lesbianas y Gays). A través de sus contactos IGA, Doucé se dio cuenta del brote de AID y fue uno de los primeros educadores sobre esta enfermedad y epidemia en París.
A finales de la década de 1980, Doucé y su socio Guy Bondar abrieron una librería, Autres Cultures("Culturas diferentes"), en la rue Sauffroy, en el corazón de París. El colega Andrej Koymasky señaló que "la tienda ofrecía mucha literatura sexológica interesante en varios idiomas que no se podía obtener en otro lugar. Recuerdo claramente la época en que una gran piedra había sido arrojada por el cristal de la ventana ... era una advertencia. "
Bondar informó que la noche del 19 de julio de 1990, dos hombres vestidos de civil llamaron a su puerta, mostraron placas que indicaban que eran policías y le pidieron a Doucé que los acompañara para interrogarlos. Nunca regresó y el 24 de octubre de 1990, su cuerpo gravemente descompuesto fue descubierto en el bosque de Fontainebleau, al suroeste de París. Se ha afirmado que Doucé era el objetivo de Rensignements Generaux (RG), una rama de la policía nacional francesa que investigó temas políticos. El RG tenía una reputación de actividades ilegales y corruptas. El ministro del Interior francés disolvió el RG, en parte como resultado de la controversia sobre la desaparición y el asesinato de Doucé. Su asesinato nunca ha sido resuelto.

Erotismo sagrado



Haciendo a Jesús Queer: Más Alla del Reformador Activista 
Robert E. Goss
Cleveland: Pilgrim Press, 2002
 www.pilgrimpress.com

capítulo autobiográfico puesto que la ubicación social es decididamente importante para la comprensión de la teología sexual de su autor. 

La teología sexual siempre incluye al texto de nuestras vidas. 

...Muy pronto advertí que entre los jesuitas y los sacerdotes católicos había muchos varones como yo a quienes les no atraían las mujeres. Cuando joven consideré a los sacerdotes como varones que habían aprendido a controlar sus pasiones mediante una lucha heroica.
 El ingreso a los jesuitas fue como el de un niño a una juguetería o, como lo llama Joe Kramer, a un “paraíso homosexual”.  
Muchos de los varones eran como yo mismo y había una red subalterna de hermanos jesuitas que mantenían relaciones sexuales entre sí. Yo aprendería a convertirme en una persona sexualmente madura. Había entrado a los jesuitas según el modelo de Pablo, reprimido y temeroso de mis sentimientos homoeróticos aunque sublimándolos en mi amor por Jesús.Mi propia homofobia internalizada bloqueaba mi autoestima y el auténtico amor a otros varones, incluyendo a Cristo. La espiritualidad del cuerpo deficitario expresaba aborrecimiento al cuerpo y daba un horizonte para odiarlo y controlarlo. / Las espiritualidades del desprecio del cuerpo manifiestan aversión al mismo y brindan un horizonte para el odio de los cuerpos y la necesidad de controlarlos. El miedo al cuerpo es uno de los principales en la cultura anglosajona norteamericana. Los cuerpos fueron considerados peligrosos para la búsqueda espiritual. La vida del cuerpo y la vida del Espíritu han permanecido incompatibles para los especialistas de la religión. A innumerables personas religiosas y del clero católico les fue requerido un voto de castidad o celibato para hacer lo que es antinatural, la eliminación de la pasión. La pasión sexual normal fue descrita como lujuria. Aunque jamás hubiesen tenido relaciones sexuales, muchas personas religiosas y sacerdotes se sintieron tan culpables como si hubiesen tenido tórridos asuntos amorosos con Cristo. El dualismo entre cuerpo y espíritu cargó su precio sobre ellos. Muchos recurrieron a la bebida para apaciguar los impulsos eróticos del cuerpo, otros crearon estrategias alternativas para mantener vivos sus cuerpos para la pasión y la sensualidad. A pesar de mi vigilancia sobre los impulsos físicos y la masturbación en el campo de fajina, nunca pude elevarme hasta el yo ideal del jesuita que todos los novicios intentaban cultivar. En los días festivos nuestros cuerpos reprimidos y rígidamente controlados se rebelaban. En cuanto teníamos la oportunidad de evadir el orden diario rigurosamente regimentado, dejábamos la disciplina del cuerpo a nuestras espaldas y caíamos presa de los anhelos homoeróticos por ser tocados y amados / tocar (acariciar) y amar. Al cultivar un cuerpo inerte, sufría de un déficit de caricias. Como muchos otros seres humanos, deseaba la caricia y la intimidad emocional. Con frecuencia uno de los novicios me preguntaba si deseaba un masaje en la espalda. La primera vez asentí sin advertir, ingenuamente, que un masaje en la espalda era un eufemismo por la relación sexual. La caricia y el amor humano son necesidades reales y el rigor ascético para desarrollar “cuerpos inertes” atenta contra nuestra naturaleza humana. Los bebés necesitan el contacto físico para sobrevivir. Por supuesto, me sentía agobiado por la culpa de estas experiencias. Más tarde advertí que compartía una norma con los compañeros sexuales jesuitas. Llamaba a ese síndrome: “Estaba borracho esa noche y olvidé lo que hice”. Este mecanismo de negación permitía a algunos de mis compañeros sexuales jesuitas negar su necesidad humana por el sexo y el amor, y su expresión y calidez físicas. El mecanismo de negación me distanciaba de mis compañeros sexuales hasta el siguiente encuentro y el ciclo de la necesidad humana por la intimidad, el contacto sexual clandestino y la abrumadora culpa y vergüenza se repetían por sí mismas. Era la pretensión del celibato y de la inercia corporal. Cuando ulteriormente / posteriormente lo conversé con otros jesuitas, supe que estos actos de resistencia a la disciplina ascética del cuerpo eran más comunes que lo que había imaginado. Descubrí que un novicio amigo respetado por su piedad rigurosa y devoción mariana era promiscuo. Su cuarto tenía una puerta a una salida de emergencia que conducía a la calle. Esta salida de emergencia era transitada por una increíble cantidad de varones que no eran jesuitas para encuentros sexuales. Ciertamente que él no era muy diferente del resto. Este síndrome de libertinaje y puritanismo rechazaba al cuerpo. El puritano entendía al cuerpo como un obstáculo para la experiencia religiosa mientras que el libertino reducía el cuerpo al placer sin condicionamientos. Uno mataba al cuerpo mediante el desuso, el otro mediante el uso excesivo. Ambos, el puritano y el libertino, fracasaban en la integración del cuerpo en un camino espiritual. Tanto el temor como la obsesión con el cuerpo depreciaban al cuerpo y la sexualidad como sitios potenciales de lo sagrado. Ambos devaluaban al mundo, uno por el rechazo, el otro por el consumismo. El puritano excluye a la sexualidad de la experiencia religiosa en tanto que el libertino a la espiritualidad profunda. La paradoja es que la sexualidad y la espiritualidad están superpuestas y es difícil lograr profundidad en una sin la otra. Tales experiencias sexuales, aunque miradas con mala cara / desaprobadas por las instituciones, contrapesaban a las teologías y prácticas dualistas tradicionales que oponían el cuerpo al espíritu. Algunos jesuitas me guiaron a una madurez espiritual y sexual enseñándome que lo erótico era una puerta de meditación a lo sagrado. El cuerpo no debía ser anulado por las prácticas austeras de la abnegación sino estimulado por su afectividad e,incluso, su sexualidad. El cuerpo era sacramental, el lugar de la revelación y el sitio del espíritu. Comencé a experimentar la conexión entre el cuerpo y el espíritu, la sexualidad y la espiritualidad. 
Me inicié en la meditación sexual haciéndome conciente de su conexión profunda con Dios, vinculando / sprovechsndo la energía sexual en la interconección con las personas y el mundo. y empalmándola con la gente y el mundo. Llegué a conocer a Cristo en mis más íntimas relaciones. Me di cuenta que la bendición orgásmica poseía muchas de las cualidades sutiles de la intensa y sublime contemplación carente de conceptos de Cristo. Mucho más importante fue que comencé a curar la fractura entre mi yo espiritual y mis urgencias corporales. Comencé a enfrentar la homofobia internalizada que bloqueaba al espíritu. Lo erótico es la encarnación de la espontaneidad del espíritu.
La erradicación de la sexualidad sería para nosotros en tanto personas corpóreas el bloqueo permanente del espíritu.
Advertí que la sexualidad no es ni periférica ni destructiva a mi espiritualidad pues está íntimamente imbricada en el centro de la vida humana. La sexualidad es un medio simbólico de comunicación y comunión que expresa nuestra necesidad humana para conectarnos física y espiritualmente. Este impulso a la conectividad en la sexualidad y la espiritualidad nos capacitaría para comprender no sólo sus mutuas conexiones sino además sus conexiones con la justicia. 
Durante mis estudios teológicos de preparación para la ordenación sacerdotal, hallé más jesuitas dispuestos a las relaciones sexuales. Novicios, sacerdotes, padres superiores y directores espirituales me enseñaron como amar a los varones. Ellos me guiaron en el amor humano y la justicia. Rememoro el período de mis estudios teológicos cuando algunos de los jesuitas me infundieron el amor a la humanidad, a la justicia y a la relación sexual con los varones. Integré mis profundas experiencias de la sexualidad con mi plegaria por y mi trabajo por la justicia. Trabajé en una colonia de leprosos en la India y en la de los indigentes moribundos de la Madre Teresa en Calcuta. Tuve la experiencia directa de la muerte y recuerdo a los ojos de Cristo en la cara de un agonizante. Sabía unas pocas palabras en bengalí y lo sostuve en mis brazos mientras moría. Su muerte en mis brazos fue tan íntima como cualesquiera encuentro sexual con otro varón. Lavar y cuidar a varones agonizantes en la Casa de los Indigentes Moribundos llegó a ser una experiencia encarnada de tocar y cuidar a Cristo. Vi la cara de Cristo en la de los pobres, enfermos y abandonados. Estas experiencias permanecieron como gracias en mi vida e impreso la dirección de una espiritualidad erótica vinculada a los temas de la justicia. Si amo a Cristo debo, entonces, comprometerme a amar su presencia en las personas necesitadas. La espiritualidad encarnada se convirtió en la recuperación de la sensualidad corporal y la apertura a la vida. La escisión del yo y del cuerpo resultaba en conductas egocéntricas, y la degradación y el castigo del cuerpo. Es una lucha triste e infructífera para superar al cuerpo en busca del espíritu. Recobré mi cuerpo de la adicción insidiosa al dualismo tan arraigada en el cristianismo desde el segundo siglo. El tratamiento de mi propio cuerpo odiado comenzó con su descubrimiento, masajeándolo, tocándolo y dándome cuenta de él. Aprendí TaiChi, danza, yoga, sexualidad autoerótica, técnicas de meditación zen, psicoterapia y ayuda a bien morir. Redescubrí la encarnación y descubrí la apertura a la realidad.
Descubrí que en mi cuerpo trasparecía el espíritu, estaba lleno del entusiasmo por la vida y del deseo sexual por los varones. Era menos un obstáculo que una puerta para la plegaria. Mi cuerpo comenzó a ser el medio para ampliar mis vínculos con la gente y con Dios. 
Mi despertar espiritual y sexual tuvo lugar con los jesuitas. Desperté a la bondad del cuerpo y a la belleza del espíritu. Sexualidad y espiritualidad estaban entretejidas con el sistema de energía del cuerpo y el espíritu. Mi relación con Jesús el Cristo estaba en desarrollo. Mi jornada de recuperación del cuerpo me transformó de un imitador del reprimido Pablo al discípulo amado. Me sentía atraído por la descripción física del discípulo amado cuya cabeza reposaba en el pecho de Jesús durante la última cena. Como tantas personas cristianas gays, intuía que Jesús y el discípulo amado expresaban físicamente su amor así como lo celebraban sexualmente. Confirmé mi vocación al sacerdocio y al ministerio en mi despertar a la encarnación. Descubrí que la eucaristía era parte importante del amor físico que comenzó a tomas una dimensión homoerótica. Jesús dijo: “Este es mi cuerpo que es dado a vosotros”. Comer el cuerpo de Cristo y beber su sangre eran actos físicos de participación, comunión y de relación amorosa sexual.
Estaba amando a Jesús con un nuevo y erótico modo. / Me estaba enamorando de Jesús de una manera nueva y erótica. 

Cuerpos inertes (sin vida), cuerpos crucificados



Haciendo a Jesús Queer: Más Alla del Reformador Activista 
Robert E. Goss
Cleveland: Pilgrim Press, 2002
 www.pilgrimpress.com

capítulo autobiográfico puesto que la ubicación social es decididamente importante para la comprensión de la teología sexual de su autor. 
La teología sexual siempre incluye al texto de nuestras vidas. 

A pesar de mi inclinación al pecado, sentí que Jesús me amaba. Era un amigo y un compañero a quien amaba genuinamente y cuya presencia sentía. Siempre sentí que el Jesús que conocía como compañero y amigo discordaba con el Jesús representado por los curas y las monjas. Sin embargo, la Iglesia lo representaba como al salvador crucificado que juzga toda transgresión. La sexualidad y el retrato de Jesús de la Iglesia estaban en conflicto dentro mío: ¿quién ganaría el control de mi cuerpo?. Durante cierto tiempo ganó el Jesús de la Iglesia. En lugar de hacerme sexualmente atractivo a otros varones, comí en exceso y aumenté de peso. Me hice repelente y durante el colegio secundario mi sexualidad estuvo inactiva excepto ocasionalmente. A menudo, canalicé mis impulsos eróticos en la oración. Amaba a Jesús y deseaba seguirlo. Quería ser uno con él. Lo que realmente deseaba era hacer el amor con él pero estaba demasiado agobiado por la culpa para admitírmelo. En la quietud de la oración, sentí el amable llamado a seguirlo. Habiendo crecido como católico, sabía que no me atraían las mujeres ni estaba interesado en el matrimonio. Las únicas opciones que parecían disponibles eran la vida religiosa o el sacerdocio. Mis deseos eróticos y los sentimientos por los varones contribuyeron pero no fueron la única razón para que me convirtiese en sacerdote jesuita.
 Ingresé a la Orden de los Jesuitas tan emocionalmente conflictuado y agobiado por la culpa como San Pablo. Intuí que compartíamos un mismo aguijón en la carne. Pablo sentía la tremenda culpa y vergüenza que le provocaba el auto-desprecio y la baja autoestima que yo comprendía muy bien: “¡Soy un pobre miserable!, ¿quién me librará de este cuerpo mortal?. ¡Gracias a Dios por medio de Jesucristo Nuestro Señor!” (Rom. 7:24). Combatí contra el mismo cuerpo que despreciaba y que ahora comprendí que era homofobia internalizada. Pablo entendió su aguijón como un agente invasor, sólo podía esperar la protección de Dios (2 Cor. 12:7-9). El aguijón lo confundía interiormente, lo angustiaba y lo describió como una enfermedad del cuerpo (Gal. 4:13). Pienso que Pablo poseyó una condición como la mía que consideró incurable, que sustentaba una guerra interior y que le provocaba desprecio por sí mismo. 
Más bien que buscar el matrimonio como descarga para su pasión, Pablo buscó una relación con Cristo. Reprimió sus sentimientos homoeróticos en una relación homoerótica con Cristo. El escondite de Pablo fue el prototipo del escondite del clero católico y muchas personas católicas ignoran cuan real es esta dinámica psicológica en las órdenes religiosas y el sacerdocio. Es demasiado difícil para ellas entender que una considerable mayoría de los religiosos y sacerdotes son personas homosexuales.
Cuando comencé el noviciado jesuita, o campo de fajina, me sumergí en las ya residuales actitudes y prácticas de mortificación del cuerpo preservadas por la Compañia de Jesús desde sus orígenes medievales. Me había comprometido a ejecutar prácticas ascéticas y disciplinarias para dominar a las “criaturas del placer”, esas cosas materiales que nos esclavizaban. Me estaba entrenando dentro de un modelo militar para vivir sencillamente y convertirme en un soldado de Cristo. Cuanto más intensa fuese mi plegaria, más preparado estaría para seguir y servir a Cristo. Bajé veinte kilos con el ayuno y el ejercicio físico en un retiro de un mes y en los meses siguientes. Aunque aparentemente estaba ajustando mi cuerpo a las exigencias del ministerio también, inconcientemente, me estaba haciendo atractivo a Cristo. En tanto joven e influenciable novicio, estuve sujeto al látigo, flagelium. Había noches en la que el prefecto o el subprefecto de novicios ponían un cartel en latín, hoc nocte, avisando esta noche. El cartel indicaba que debía azotar mi cuerpo con una cuerda con nudos, el flagelium. Dado que era un joven ingenuo recién salido del colegio secundario, llevé a cabo la flagelación muy seriamente. Estaba allí para dedicar mi vida a Dios y al servicio de Dios. Me desnudaba hasta la cintura y azotaba mis espaldas por devoción y amor por Jesús. Nunca sangré pero dejé marcas en mis espaldas. Los soldados romanos habían azotado a Jesús, coronado de espinas, escupido, desnudado y crucificado. Que Jesús hubiera muerto por mí, hacía más intensa mi piedad. Me azotaba apasionadamente identificándome con Jesús y enamorado de él. Quería compartir los sufrimientos del ser humano que amaba. A veces, recordándolo, me pregunto si la flagelación no era una forma de masturbación. Mi piedad jesuítica promovía la identificación erótica con Jesús. Algunos de mis amigos ex jesuitas me contaron de ocasiones en que se sintieron excitados sexualmente cuando se azotaban. Ahora puedo apreciar que el padre Raymond Bertrand, fomentaba la relación homoerótica con la imagen del cuerpo desnudo de Jesús retorcido de dolor en la cruz. Frecuentemente, hablaba de ser abrazado y amado por Jesús desde la cruz y, con suma ternura, del amor de Dios por mí. Estando en oración imaginaba a Jesús desnudo como un varón musculoso, bien parecido, con barba abrazándome lo que me excitaba sexualmente. Me veía hundiendo mi cara en su velludo pecho y advertía que estaba luchando contra fantasías sexuales. El propósito del ascetismo católico era reprimir los impulsos sexuales, mantener los penes flácidos y crear cuerpos inertes, pero la piedad del amor católico estimulaba un amor erótico por Jesús. El ascetismo católico exigía la disciplina del pene blando mientras que la piedad católica transformaba las prácticas ascéticas en una estimulación erótica del pene.
Sólo años después fui capaz de sortear esa contradicción entre el ascetismo del pene blando y la piedad que lo estimulaba. Para los santos Pablo e Ignacio, la carne era el enemigo. Ignacio de Loyola se azotaba con frecuencia o permanecía sumergido en el río en pleno invierno para dominar sus pasiones. De las conversaciones con mi director de noviciado me formé la idea que Ignacio había inventado la ducha de agua fría. El cuerpo, el lugar de la tentación y del placer sexual, era la puerta que Satanás podía usar para tentarme y apartarme de Dios. Las ropas interiores de lana cruda habían sido abolidas en la época que ingresé al noviciado de la orden pero las actitudes hacia la mortificación del cuerpo estaban aún vigentes en esos años de mi formación. En el noviciado tuvimos varios sacerdotes estrafalarios que llevaban a cabo muy seriamente esas prácticas. Se decía que uno de esos escrupulosos y amargados sacerdotes usaba un gancho para sostener sus órganos genitales cuando los lavaba con un cepillo para evitar siquiera tocarlos. Estos instrumentos habían sido abolidos antes que ingresase al seminario. Las cadenas, catenulae, fueron otros de los instrumentos usados para torturar el cuerpo. Era un artefacto similar a un eslabón con púas hacia adentro muy parecido al borde de un muro con alambre de púas. La cadena era usada debajo del cinturón y las púas pinchaban pero, usualmente, no lastimaban la piel y sólo la irritaban. Cuando el prefecto o subprefecto del noviciado ponían el cartel ´mañana a la mañana´, cras mane, indicaban que la mañana siguiente debía usar la cadena como signo de penitencia. Incluso teníamos otro ritual de dominación y sumisión para crear cuerpos inertes. Vivíamos en un gran edificio institucional donde la agenda diaria estaba rígidamente controlada. Comíamos juntos, orábamos y estudiábamos juntos, trabajábamos juntos. Los únicos momentos que estábamos aparte y fuera de la mirada de otros era cuando estábamos en nuestras celdas. Un libro de reglas de conducta estaba pensado/ Habian diseñado un libro para controlar las actitudes del cuerpo y conformar al cuerpo célibe. Estas reglas ordenaban nuestras actitudes y conducta cotidiana. Debíamos caminar pausadamente, erectos, sin dar jamás la apariencia de prisa. Nuestros ojos debían estar siempre bajos, especialmente cuando estábamos en público y mucho más si veíamos a una mujer o, en mi caso, un varón atractivo. Nuestros ojos debían estar bajos cuando dirigíamos la palabra a un superior. Pero frecuentemente ojeaba / ¡Cuán a menudo observaba / la entrepierna de los otros novicios mientras obedecía literalmente la regla de la modestia para la mirada!. Nuestras conversaciones debían ser siempre edificantes y jamás frívolas. Tampoco debíamos mantener las manos en los bolsillos ni, mucho menos, tocar y estimular nuestros genitales. Elevábamos nuestras preces / Orábamos rígidamente arrodillados, un gesto medieval de sumisión del vasallo al señor. Nunca debíamos estar solos con otro novicio. El libro de órdenes, un libro de reglas para la comunidad, decía: nunca dos, siempre tres, nunquam duo, semper tres. Éramos agrupados en tres para los paseos fuera del seminario. El libro de órdenes prevenía contra las “amistades particulares” pues debíamos amar a todos por igual. Por último, no debíamos tocarnos el uno al otro, noli tangere. Estas y otras reglas estaban destinadas a crear cuerpos sumisos, obedientes y asexuados. Pero al tratar de reprimir mis sentimientos sexuales, se hacían aún más intensos. El cuerpo debía ser negado, disciplinado, sujetado, restringido. Debía ser abusado en nombre del autodominio y la trascendencia espiritual. El yo ascético estaba desencarnado y fragmentado pues había sido separado del cuerpo. La separación del yo del cuerpo había tenido trágicos resultados pues degradó el cuerpo y la sexualidad humana en particular. La espontaneidad del cuerpo era temida y denigrada. La encarnación era vista no como una mediación sino como un bloqueo del espíritu. El régimen de mortificación corporal para alcanzar el yo ascético entumecía a la persona para los aspectos corporales de la compasión y la justicia. Era un régimen parecido a la anorexia nerviosa con la que compartía las características del ascetismo del control severo, la retención de fluídos y la anulación del sexo. El sociólogo Bryan Turner puntualizó / señaló el paralelo entre la anorexia y el ascetismo religioso. Como la persona ascética, la persona anoréxica intenta controlar el mundo interior mediante un régimen de ayuno e inanición. La mujer anoréxica procura suprimir la menstruación y adopta una actitud y cuerpo infantil. Es mediante el ayuno y la disciplina del cuerpo que la persona ascética se convierte en una persona asexuada. Cierta mañana en que estaba usando la cadena y cuando dejaba la capilla luego de / los rezos / la visita matutinos, un novicio amigo desobedeció la regla del no tocar, noli tangere, me sujetó y rodeó mi pecho con su brazo. Di un alarido pues la cadena que lo rodeaba había lacerado mi pecho. El suceso me dejó pensando sobre el valor de la cadena y de la mortificación del cuerpo. ¿Porqué Dios odiaba el cuerpo?, ¿porqué los jesuitas y otras personas religiosas católicas /estaban rechazando/ rechazaban el cuerpo?, ¿porqué las actitudes y prácticas católicas rechazaban lo sensual y los placeres del cuerpo?. Durante la mayor parte de su historia la cristiandad católica había intentado negar el cuerpo torturándolo y aliviándolo del sentimiento humano. El ascetismo teme al cuerpo y sus placeres pues surge de un estricto dualismo entre el cuerpo y el alma. En general, el cristianismo católico siente que fue necesario aliviar el / al cuerpo y su afectividad para que el espíritu florezca y viva. Algunos ascetas obtenían placer de la tortura física o de los picos de secreción de endorfina provocados por los estados de privación física. Para algunas personas religiosas, la tortura corporal conducía a la excitación sexual. Considero / Comprendí al ascetismo el hacer de mí mismo un mejor instrumento al servicio de Cristo. Mi cuestionamiento inició un proceso que me condujo a afirmar que Dios creó mi cuerpo tan bueno como santo. Tomé seriamente la encarnación de Dios: “Y el Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros lleno de gracia y verdad”, Juan 1:14, Si Dios se encarnó, pensé, el cuerpo debe ser un vehículo de la gracia y la verdad. El cuerpo no era un obstáculo sensual para la vida religiosa y moral. Era un vehículo para conectarse con Dios. Cuán irónico que la misma religión que creía en la encarnación de Dios fuese constantemente negativa hacia la carne humana.
El humor nos ayudó a sobrevivir y a no tomar muy seriamente a la piedad del cuerpo como déficit. La retórica negativa del cuerpo del cristianismo medieval fue cambiando y aminorando a medida que las reformas del Concilio Vaticano II eran implementadas en la Sociedad / Compañía de Jesús. El cuerpo estaba convirtiéndose en el sitio de la gracia, pleno / lleno de nuevos peligros.  

miércoles, 16 de mayo de 2018

John P. Doner


John Doner fundó la primera iglesia para gays y lesbianas en América Latina, la Iglesia de la Comunidad Metropolitana Reconciliación (MCC), en la ciudad de México en 1981.
En 1992 él y el reverendo Dr. Tom Hanks, junto con el abogado episcopal Gordon Herzog de St Louis, fundó Other Sheep - Ministerios Multiculturales con Minorías Sexuales. John ha servido desde entonces como coordinador voluntario para América Latina, mientras enseña inglés para obtener ingresos. En 1982, John conoció a su compañero de vida Pepe Hernández en la Ciudad de México. John y Pepe hicieron un viaje misionero de siete meses en ómnibus públicos y embarcaciones fluviales en 1994 desde Ciudad de México a Santiago de Chile, a Buenos Aires, Argentina, y regresaron, visitando a lgbt líderes en diecisiete países.
Nacido en Chicago el 6 de julio de 1938, John creció en Ft. Collins, Colorado, donde hizo un compromiso con Cristo a una edad muy temprana y sus padres fueron líderes en la Iglesia del Nazareno y más tarde en la Iglesia Metodista Libre. Cuando tenía 16 años su familia se mudó a Sacramento, California, donde John se convirtió en un líder juvenil en la Iglesia Metodista Libre local. Su primer año de universidad fue en Vennard College en Oskaloosa, Iowa, y luego se graduó de Greenville College (Free Methodist) en Greenville, Illinois en 1962. Interrumpió su trabajo de posgrado en la Escuela de Bienestar Social de la Universidad de California-Berkeley para unirse el Cuerpo de Paz en 1963. John sirvió en Lima, Perú, durante dos años, donde estableció el primer programa de cuidado de crianza de ese país para niños abandonados. Trabajó con Esther Iriarte, una abogada peruana, con quien se casó en 1966 (¡pensando que esto "curaría" su homosexualidad!) después de recibir su título de Maestría en Bienestar Social de Berkeley. De 1966 a 1980 trabajó en una variedad de agencias de bienestar social en Denver. En 1974 finalmente aceptó su orientación homosexual, se divorció y en 1977 se hizo activo en la Iglesia de la Comunidad Metropolitana de las Montañas Rocosas, pastoreada por el Reverendo Élder Charlie Arehart. 
Al regresar de un viaje de vacaciones a la Ciudad de México en enero de 1978, mientras estaba sentado en su avión esperando el despegue, John sintió fuertemente lo que parecía ser Dios hablándole: "John, la Ciudad de México necesita un ministerio cristiano para gays y lesbianas". Su madre y único hermano habían muerto años antes, y debido a la edad de su padre, John no pudo responder a esta llamada hasta la muerte de su padre en enero de 1980. En respuesta a la llamada de Dios, John renunció a su puesto en el Departamento de Salud de Colorado , y en diciembre se mudó a la ciudad de México. Pronto conoció a Horacio Flores (quien dos años más tarde se convirtió en el pastor de MCC) y, en octubre de 1981, se celebró el primer servicio de MCC en América Latina, y según su conocimiento, se celebró el primer servicio de adoración de lgbt. En 1984-85 John realizó muchos viajes en autobús de 8 horas a Guadalajara para ayudar a Tom García a fundar ICM Guadalajara.  
Desde la fundación de Other Sheep en 1992, John ha realizado una gran cantidad de traducciones y trabajos editoriales para que los materiales cristianos homosexuales positivos estén disponibles en español. Desde 1997 maneja el sitio web en español de Other Sheep, ha asesorado a muchos gays y lesbianas en Latinoamérica por correo electrónico para ayudarles a reconciliar su fe y su sexualidad, y con su compañero Pepe ha realizado numerosos viajes misioneros a América Central y del Sur en busca de líderes potenciales para iniciar ministerios Cristianos lgbt donde actualmente no existen. Aunque John nunca sintió un llamado al ministerio profesional, considera que su búsqueda del liderazgo indígena para comenzar los ministerios cristianos de lgbt en toda América Latina es su obra más importante. 
John Doner murió en su casa en la Ciudad de México el 30 de septiembre de 2014.

El confesionario católico controla la sexualidad


Haciendo a Jesús Queer: Más Alla del Reformador Activista 
Robert E. Goss
 Cleveland: Pilgrim Press, 2002
 www.pilgrimpress.com 


El libro inicia con un capítulo autobiográfico puesto que la ubicación social es decididamente importante para la comprensión de la teología sexual de su autor. 
La teología sexual siempre incluye al texto de nuestras vidas. 

Su propia vida provee un texto básico desde el cual inicia las reflexiones 
teológicas. 

Fui educado sobre la sexualidad con los sentimientos de culpa normales de un ambiente católico. Podría haber sido una culpa presbiteriana, bautista, luterana o griega-ortodoxa. Todas las iglesias han perfeccionado sus mecanismos rituales y sociales para inculcar culpa sobre el cuerpo y la sexualidad: las escuelas dominicales, las clases de catecismo, las prédicas, las vestiduras de los oficiantes y los codificados mensajes negativos sobre el sexo expresados por las familias y los especialistas religiosos. Las estructuras sociales y educativas y los ritos de las iglesias expresaban un punto de vista moral negativo sobre el cuerpo y la sexualidad. Asimismo, fomentaban un régimen de control del cuerpo y de estricta vigilancia de cualesquiera sensaciones y sentimientos sexuales. La educación católica y el silencio familiar sobre el sexo intensificaron mi terror del cuerpo y la sexualidad.
Recuerdo a mi madre un domingo después de misa, sometiéndose en el comulgatorio a un rito de purificación, anterior al Concilio Vaticano II, que le permitiría volver a comulgar luego del nacimiento reciente de mi hermana. Mi madre se purificaba de “la maldición de Eva”, de los dolores del parto y los rastros de la concupiscencia. El mensaje era suficientemente claro a un muchachito impresionable: el sexo, el nacimiento y las mujeres eran impuros, sucios y pecadores. Advertí que mi padre estaba libre de cualesquiera ritos de purificación. Solamente mi madre debía participar en tales ritos; los padres eran privilegiados. Me di cuenta que, frecuentemente, también otras mujeres los ejecutaban en el comulgatorio. Ya cuando era un niño de cinco años la iglesia católica me había inculcado normas específicas sobre la sexualidad y la impureza. El mensaje de un rito de purificación era que las mujeres, por cierto, no eran iguales a los varones. Las mujeres y la parición eran impuras. La sexualidad era temible pues era peligrosa, te apartaría de Dios e inhibiría, definitivamente, de su gracia.  
La confesión fue el primer discurso público sobre el sexo en el cual estuve comprometido y, ciertamente, no era el discurso sobre sexo más saludable al que podía aspirar un joven católico. La confesión servía para reforzar y subrayar los valores católicos sobre sexualidad y restituir simbólicamente los individuos pecadores a la comunidad. Esto crea una ansiedad personal sobre las formas de inconducta sexual. Los elementos católicos del sacramento de la penitencia, tal como fue practicado en la forma de confesión desde 1216 al presente, consistían en la confesión privada de los pecados, la contrición, la absolución y la reparación de los pecados. El sacerdote tenía el poder de perdonar los pecados porque representaba a Cristo. El confesionario sostenía una distinción clasista de poder entre el penitente y el sacerdote cuya autoridad le confería poder para configurar la dirección de la vida del penitente. En el confesionario el sacerdote podía formar valores, reforzar la culpa y mantener el control sobre la persona penitente. El confesionario era la caja negra donde nos topábamos con la vigilancia de Dios quien requería que dijese la verdad sobre los sentimientos y acciones sexuales. El confesionario católico proveía un modelo de vigilancia en el cual el padre confesor intervenía en la familia y extendía el control de la iglesia católica sobre la sexualidad humana. Para muchas personas católicas, el confesionario no negaba ni silenciaba la sexualidad sino que la hacía expresable y controlable. En la época anterior al Segundo Concilio Vaticano, el rito del confesionario era un instrumento de terror para la juventud católica que entraba en secreto a una caja negra para decir la verdad sobre sus pecados a un representante de Dios en la tierra. Para que la confesión fuese efectiva, la persona penitente debía especificar el número exacto y circunstancias de cada pecado mortal. Si mentía u ocultaba la verdad, la confesión era inválida. Sus pecados no sólo serían imperdonables sino agravados por la mentira a Dios. Hasta mucho después no advertí en que medida el sombrío cubículo del confesionario cerrado generó el encierro en mi propia vida. Clausuró mis mas profundos anhelos y sentimientos sexuales El confesionario se convirtió en un panóptico, literalmente “visión total”, espiritual donde la mirada vigilante de Dios estaba enfocada en uno. Dios veía nuestras acciones y sabía de nuestros más profundos sentimientos e impuros movimientos. La vigilancia de Dios creó una cultura de la culpa y la ansiedad. Recuerdo a una monja que describía el juicio final mostrándome como todos sabrían de los asquerosos pecados que había cometido. “Tus pecados”, decía, “serán proyectados en una pantalla donde todos verán tu falta de amor por Dios”. Cuando joven, esta imagen me aterró. Cualesquiera vería mis sentimientos sexuales y cuán pecador era. En las luchas con el cuerpo y el espíritu, la pubertad presentó una dimensión aterradora. Mis órganos genitales eran el diablo y mi lugar de juegos. Ningún pecado era más difícil de confesar al sacerdote que haber tenido pensamientos impuros, como lo pueden atestiguar las personas católicas catequizadas antes del Segundo Concilio Vaticano. Cuando joven, los sentimientos y los pensamientos eran uno solo en mi mente. Esa situación reflejaba la doctrina moral del catecismo católico donde el deleite en un pensamiento sexual impuro era tan pecado mortal como la comisión de un acto sexual. En aquellos días, los pecados mortales podían cometerse en pensamiento, palabra y obra y eran un seguro camino al infierno. Por suerte, rara vez el sacerdote me preguntó sobre el contenido de esos pensamientos impuros y sólo preguntaba superficialmente: “¿cuántas veces?”. Habría preferido la muerte a contarle el contenido de esos ocultos deseos masculinos que pulsaban en mi atraves de mi cuerpo. Esos deseos eran sucios, más sucios que los de algunos de mis amigos cuyos sentimientos y pensamientos giraban sobre muchachas. Yo era diferente porque mis sentimientos y pensamientos giraban en torno a mis amigos varones. Tenía terror de que me llamasen “puto”. Era uno de los del 10 por ciento y, en esa época, ignoraba el significado de sentir atracción por otros varones. No existía con quien hablar sobre estos profundos sentimientos que Dios veía y condenaba. Recuerdo pidiendo a Dios que apartase de mí esos pensamientos impuros, sentimientos sexuales y atracción por mis amigos varones. Creía que estos pensamientos y sentimientos recurrentes me conducirían de cabeza al infierno. Estaba convencido que estaba destinado al infierno. El infierno era el lugar para el castigo de quienes cometían pecados mortales que como yo mismo carecían de la disciplina interior para controlar sus impulsos sexuales. Posteriormente cuando en el colegio secundario leí Retrato de un artista cachorro de James Joyce, la escena donde el sacerdote jesuita describe vívidamente los tormentos del infierno, repetían mis experiencias infantiles de las monjas y los curas subrayando los castigos del infierno para quienes cometían pecados mortales. Me sentía como el joven Stephen Daedalus aterrado por el infierno y convencido de que mis sentimientos sexuales me llevarían allí.

VARIAS TEORIAS Y TEOLOGIAS QUEER




Haciendo a Jesús Queer: Más Alla del Reformador Activista 
Robert E. Goss
 Cleveland: Pilgrim Press, 2002
 www.pilgrimpress.com 

Presento este trabajo en varias entregas sucesivas, desarrollando desde la mirada de distintos autores, las TEORIAS Y TEOLOGIAS QUEER

Este libro está dividido en cuatro áreas : sexualidad, Cristo, Biblia, teología. 
Estas forman el cuadrante de espiritualidad cuya meta es la reconstrucción queer del cristianismo y reflejan una vida que aspira a la integración de la profundidad de la espiritualidad y sexualidad con la práctica de la justicia.
La ubicación social del su autor es la de un varón gay que creció dentro de una cultura católica misógina y heterosexista y superó algunos de esos prejuicios incipientes para convertirse en un teólogo queer identificado con el feminismo y una perspectiva positiva hacia la sexualidad.

La sexualidad en nuestra sociedad y nuestras iglesias es, claramente, un tema político. La temática del dormitorio no ha sido restringida al dormitorio sino ampliada al campo del debate público, la política social, la lucha política, la normativa cultural e, incluso, la violencia. La derecha religiosa, las facciones fundamentalistas y conservadoras de las iglesias católica, protestante y mormona, intentó extender su control restrictivo de los cuerpos al dormitorio transgrediendo la consideración debida a la vida privada mediante el voto popular, la divulgación de propaganda tendenciosa, la elección en los consejos escolares de candidatos antagónicos al multiculturalismo y virulentamente opuestos al casamiento homosexual. Su oposición a las minorías sexuales está entrelazada con una larga oposición a la igualdad de género y los derechos reproductivos de las mujeres. En el corazón de la oposición de la derecha religiosa, existe un increíble miedo a la sexualidad humana por lo cual necesita regularla ajustadamente mediante una política de vergüenza sexual, exclusión y legislación. La política de la vergüenza sexual dominó casi totalmente a su historia justificando una teología erotofóbica y misógina que fracasó en el reconocimiento de las bendiciones originales de la sexualidad y de los seres humanos. Las personas cristianas contemporáneas difícilmente logran la pubertad cultural en sexualidad cuando intentan contenerla y embotellarla, especialmente sobre temas de diversidad de género y sexo. Muchas personas religiosas, incluyendo muchas queers, que provienen de varias tradiciones erotofóbicas del cristianismo fueron dañadas en las áreas de sexualidad y género.
Durante las últimas décadas, los cristianos queer crearon espacios culturales para ellos mismos, cambiando la esclavitud de la negación de la identidad dentro de las iglesias por la libertad acotada de los guetos culturales y espirituales. Estos guetos espirituales llegan a ser grupos confesionales, comunidades de base y redes de resistencia que superan a las confesiones. Estos grupos ofrecen a las personas translesbigays insólitas libertades, esperanzas y sueños pues les dan lugares donde puedan ser plenamente concientes de su propia opresión y curarse de años de abuso religioso. Estos espacios eclesiales proveen a los cristianos queer de lugares donde puedan descubrir la bendición de su sexualidad, puedan soñar sueños de libertad para todos y todas y tener la esperanza de liberar del heterosexismo y la erotofobia a otros cristianos.
Las personas translesbigays cristianas experimentan allí la cura del auto desprecio producido por la negación de su identidad y la erotofobia cultural y, entonces, experimentan su propia bondad, amabilidad y la bendición radical de su sexualidad. Aprenden a trabajar para integrar su sexualidad y espiritualidad. Las iglesias queer, las comunidades de base o comunidades disidentes, se han tornado comunidades sexuales y se han convertido en la matriz donde están surgiendo las nuevas teologías sexuales cristianas.
La nueva concepción de la sexualidad queer incluye una concienzuda reencarnación de la espiritualidad queer. La reencarnación de la espiritualidad queer conduce a una redefinición de lo divino que incluye las dimensiones del amor y las vidas diferentes. De esta manera la liberación de la sexualidad queer y liberación de Dios de la erotofobia están interrelacionados y se han convertido en el proyecto en curso de este siglo. La reencarnación de la espiritualidad queer acarrea no solamente liberar nuestra sexualidad de las estrechas regulaciones sino también a Dios de las tradicionales construcciones teológicas antisexuales.
Es un momento de ganancia, resistencia y energía surgido de nuestras conexiones entre el corazón y los genitales. 
El primer asalto del huracán maduró en los últimos treinta años y, al presente, estamos en el ojo de ese huracán queer. 
La venidera generación de teólogos queer desencadenará la tormenta de los vientos de la verdad, el amor, la acción pacífica y la justicia que hará añicos los paradigmas opresores, violentos y erotofóbicos del cristianismo.
 La tempestad amenaza sacudir los fundamentos de la cristiandad creando una reforma sexual que cambiará sus fundamentos por paradigmas inclusivos y positivos que vinculan la sexualidad y la espiritualidad.

martes, 15 de mayo de 2018

Kwok Pui-lan


Nació en Hong Kong de padres chinos que practicaban la religión popular china en casa. Se convirtió al cristianismo anglicano cuando era adolescente.
Comenzó su licenciatura en la Universidad China de Hong Kong , antes de continuar con su carrera de BD y MTh en la Escuela de Graduados de Teología del Sudeste Asiático . Obtuvo su ThD de Harvard Divinity School ,  terminando su tesis doctoral sobre "Mujeres y cristianismo chino" en 1989, luego publicada a través de Scholars Press . Es autora de veinte libros, entre los que se incluyen Poscolonial Imagination y Feminist Theology (2005) . Ha publicado en las disciplinas de teología feminista , teología postcolonial y hermenéutica bíblica desde su perspectiva personal de una mujer asiática.
De 1992 a 2017, enseñó en la Escuela Episcopal de Divinidad en Cambridge, Massachusetts, y fue nombrada Profesora William F. Cole de Teología y Espiritualidad Cristianas. Desde el otoño de 2017, ha sido una distinguida profesora visitante de Teología en la Escuela Candler de Teología . 
En 2011 fue elegida presidenta de la Academia Estadounidense de Religión , un puesto que postuló debido a su deseo de hacer más visible la presencia de mujeres asiáticas en teología y academia. Ella escribe, "como líderes, tenemos que traer a la tribu. Aquellos de nosotros que somos pioneros tenemos la responsabilidad de abrir la puerta un poco más para que otros vengan".

Teología 

El trabajo de Kwok ha utilizado como un lugar su posición e identidad como una mujer asiática. Escribiendo en teología feminista , crítica poscolonial y hermenéutica bíblica , ha mantenido su identidad como mujer asiática, incorporándola a su trabajo. Ella explica:
Como mujeres cristianas asiáticas, tenemos nuestra propia historia, que es tanto asiática como cristiana. Solo podemos contar esta historia desarrollando una nueva hermenéutica: una hermenéutica de doble sospecha y reclamo. 
Su enfoque y objetivo es explorar las vidas y las experiencias de las mujeres marginadas y, como tal, se considera parte del movimiento de los teólogos del Tercer Mundo.
Ella se ha comprometido con la teoría postcolonial en su trabajo, más prominentemente en la imaginación poscolonial y la teología feminista , donde argumenta contra las insuficiencias de la teología feminista tradicional. Ella afirma que la teoría feminista tradicionalno ha considerado suficientemente las experiencias de las mujeres no blancas y los efectos del colonialismo, el neocolonialismo y la esclavitud. Su objetivo es casar la teoría poscolonial con la teología feminista y escribe sobre la necesidad de superar el concepto binario de género, abogando por una interpretación más fluida del género y la inclusión de la sexualidad queer. 
Ella argumenta que "la contribución más importante de la teología feminista poscolonial será recapitular la relación de la teología y el imperio a través de las múltiples lentes de género, raza, clase, sexualidad, religión, etc." El objetivo de su trabajo es crear una teología que refleje con mayor precisión los múltiples niveles de opresión que enfrentan las mujeres en contextos poscoloniales.
Kwok ve a Dios como orgánico y lo ubica en el contexto de la creciente crisis ecológica en Asia. También examina el concepto de construir una Cristología usando un modelo orgánico, refiriéndose a las referencias de naturaleza múltiple que Jesús usa para describirse a sí mismo y su relación con los creyentes. 
Kwok aboga por la incorporación de métodos orales dentro de la teología, escribiendo "debemos permitir la posibilidad de hacer teología en poemas, canciones, historias, bailes, rituales e incluso canciones de cuna". Para Kwok, la tradición de contar historias en muchas sociedades asiáticas ofrece un recurso rico para formas innovadoras de hacer teología a medida que las mujeres interactúan con historias bíblicas a través del drama y el intercambio de experiencias de vida.

Autora de:

 Las mujeres chinas y el cristianismo, 1860-1927
 Presentamos la Teología Feminista Asiática 2000
 Imaginación poscolonial y teología feminista 2005
 Occupy Religion: Theology of the Multitude 2012

Reseña para "LA FLOR INVERTIDA" - Puntuación: 🌟🌟🌟🌟🌟 5/5

Opinión: Las letras del autor las conocí por su libro "Equipaje Ancestral" que tuve la suerte de ganarlo en un sorteo que realizo,...