viernes, 18 de mayo de 2018

Andrew James Blair


Nació como Anne Bennett el 20 de enero de 1954 y es transexual de mujer a hombreAndrew es un Franciscano profeso en la Orden Franciscana Ecuménica, y Diácono participa activamente en una parroquia de la Iglesia Catedral de la Nueva Jerusalén (ECCA), la Parroquia del santo Redentor.
Andrew nació en Sedgley, Inglaterra y emigró a Australia en el día de Año Nuevo de 1967, donde creció en el monte con su hermano y hermana. Se convirtió en un "Cristiano nacido de nuevo" durante un retiro ofrecido por la Parroquia Lawrence de la Iglesia Bautista Maclean. Aproximadamente un año más tarde comenzó a experimentar epilepsia y la fijación de que era lesbiana debido a su atracción por las mujeres. Después de graduarse de la escuela secundaria en 1971, Andrew se formó como enfermera durante 1972 en el hospital Prince of Wales en Randwick NSW, pero esta carrera terminó en julio de ese año debido a un ataque mientras estaba de servicio.

Andrew se casó con su esposo en agosto de 1972 con la creencia de que vivir la supuesta vida normal resolvería los problemas de la sexualidad. Casado por 24 años antes de la separación, Andrew y su esposo tuvieron dos hijos, uno es gay y tiene una relación a largo plazo y el otro está casado y tiene cuatro hijos, que van desde los 16 años hasta el segundo grado.  

A lo largo de la vida de Andrew como padre que se queda en casa, siempre estuvo activo en cualquier denominación que se encontrara, principalmente como Catequista o Lector, a veces como Corista. A principios de la década de 1980, la familia de Andrew se convirtió al catolicismo y obtuvo su Certificado A en Educación Religiosa y comenzó a servir como Liturgista, Lector y Educador de Fe Adulto, puestos que ocupó hasta su transición en 1998.

A principios de 1994, Andrew había desarrollado un trastorno afectivo bipolar como resultado de un daño cerebral debido a la epilepsia. Durante este período, comenzó a darse cuenta de su virilidad. Durante su transición, Andrew volvió a estudiar y obtuvo una licenciatura en Psicología / Filosofía y al finalizar en 1998 pasó a obtener un certificado III en asesoramiento telefónico antes de ofrecerse como voluntario para el Servicio de Orientación Gay y Lésbica de Nueva Gales del Sur. Se fue allí cuando el Servicio se mudó a un suburbio más inaccesible.
En septiembre de 1998, Andrew conoció a su futura esposa Jessica en el Gender Center y se comprometió el Día de Año Nuevo de 1999. Se unieron en un Servicio de la Santa Unión en la Iglesia Unida en agosto de ese año. En mayo de 2003, Andrew y Jessica se casaron legalmente en una misa nupcial en la Catedral Pro de San Juan el Bienamado, entonces la Iglesia Católica Ecuménica de Australia.
Ahora son más de 10 años desde su matrimonio legal. En el intervalo, Andrew trabajó voluntariamente con los enfermos terminales como terapeuta de arte, pero ahora requiere más tiempo para su ministerio actual.
Parte del ministerio actual de Andrew como franciscano es como persona de formación a través de la cual guía a los aspirantes a través de las diversas etapas de la profesión de la vida. Esto se hace tanto cara a cara en Australia como a través de Internet para los que están en el extranjero.
Andrew también actúa como mentor de miembros de la comunidad GLBT en el extranjero utilizando Skype y ayuda a otros miembros de ECCA en el extranjero, a través de la misma tecnología.

Andrew comenzó a escribir Apologetics for Queer Christianity a fines de los 90 y ahora continúa escribiendo Liberation Theology y actualmente está involucrado en un proyecto para fomentar una lectura honesta del Corán.

Dos sacerdotes jesuitas casados


Haciendo a Jesús Queer: Más Alla del Reformador Activista 
Robert E. Goss
Cleveland: Pilgrim Press, 2002
 www.pilgrimpress.com

capítulo autobiográfico puesto que la ubicación social es decididamente importante para la comprensión de la teología sexual de su autor. 

La teología sexual siempre incluye al texto de nuestras vidas.

Durante aquel encuentro sentí que Cristo me decía: “El celibato es una regla inventada por la iglesia. Sígueme al exilio y conviértete en sacerdote y amante. Te guiaré a lugares que nunca imaginaste”. Después del encuentro dije a Frank que había pensando dejar a los jesuitas y le conté lo que había sentido que Cristo me había dicho. Asistimos a una misa de Dignity, el grupo de fieles católicos gays, y volvimos a casa. Fuimos a mi dormitorio, Frank se tendió en la cama y dijo que necesitaba quince minutos de silencio. Lo vi tendido sobre la cama. Quería vivir mi vida con él y esperaba que no me rechazase. Invoqué a Cristo: “Me trajiste hasta aquí, es mejor que me ayudes”. Tras lo que parecieron los quince minutos más largos, Frank preguntó: “¿Podemos llamar al perro como mi papá?. Un mes después, bendijimos y cambiamos anillos en una ceremonia privada. Intentamos abandonar discretamente a los jesuitas y dos amigos de Dignity de Boston nos organizaron una fiesta. Fue muy sencillo pues sólo teníamos nuestras ropas y libros para mudarnos a un departamento. La fiesta era una comida seguida de baile lo cual, en ese tiempo, me pareció un poco demasiado frívolo . Había varios jesuitas en la fiesta quienes estuvieron en el teléfono esa tarde para contestar los llamados de los amigos de todo el país. La noticia de nuestra ida de la orden para ir a vivir juntos fue un gran escándalo. Meses después nos llegaron los rumores de cómo dos jesuitas, un sacerdote y un estudiante, habían dejado juntos la orden, como el jesuita rector de la Facultad de Teología nos había casado y como esa comunidad jesuítica nos había brindado una recepción. La historia aún perdura en la tradición jesuita. Muchos de nuestros amigos jesuitas que ocultaban su identidad sexual se distanciaron por temor a ser identificados como personas gays. Darme a conocer tuvo consecuencias públicas. Dejé la orden rechazando la reducción al estado laical que hubiese invalidado el llamado que Cristo me había hecho para servirle como sacerdote. Cuando fui presionado por mis superiores jesuitas para que iniciase el trámite de la reducción al estado laical dije me mala gana: ”Estaré de acuerdo cuando digan que la razón para abandonar la orden fue un casamiento homosexual sacramental”. Sabía muy bien que la Congregación para el Clero en el Vaticano jamás me liberaría de mis votos sacerdotales por esa razón puesto que equivaldría al reconocimiento del casamiento homosexual. Mi familia tomó la noticia muy mal y durante años nuestra comunicación estuvo dañada. La pérdida de mis amigos jesuitas y de mi familia fue el precio pagado por darme a conocer y seguir a Cristo en el exilio. 
Cristo me convocó al testimonio auténtico del varón gay que era amante y sacerdote.
Reconocí que Jesús ya estaba en los márgenes de la sociedad y no en la iglesia. En el exilio y en la frontera de la sociedad, hallé a Cristo en mi amante y en la comunidad gay-lésbica. Comencé con Frank a crear nuestra familia elegida. Formamos nuestra familia con una amplia red de estrechos amigos. El modelo para nuestra relación y de esa red de amigos fue el modelo jesuita de amistad y comunidad. Formamos una comunidad cristiana abierta de amor apostólico que fue inclusiva para quienes estaban alienados y habían sido dañados por las iglesias. Durante catorce años, oramos, hicimos el amor, nos apoyamos mutuamente, iniciamos un negocio, creamos Food Outreach , una organización de servicio para las personas afectadas por el SIDA y trabajamos en diversos ministerios para la comunidad de personas queer. Los ideales jesuitas de oración, ministerio abnegado y el amor como justicia permeaban nuestra casa. Nuestras relaciones sexuales y plegarias potenciaron nuestra comunidad apostólica de amor el cual se derramó más allá de nosotros mismos como pareja hacia el exterior en servicio a otras personas. Los domingos a la mañana hacíamos el amor y luego tomábamos la eucaristía en el comedor. La relación sexual y la eucaristía eran momentos sagrados e íntimos en que hacíamos el amor. Las paredes de nuestros yo se disolvían cuando hacíamos el amor. Nuestros cuerpos fundidos trazaban una coreografía del éxtasis del placer y la oración. Extasiados sexualmente celebrábamos hondo amor y honda espiritualidad. Cuando el propio cuerpo y alma están asociados reflexivamente haciendo el amor, el potencial sexual y espiritual supera el umbral orgásmico habitual de la pareja alcanzando una dimensión nueva de la realidad. Había un sentido nuevo de la unidad del uno con el otro y de la plenitud de la presencia de Cristo en un flujo dinámico de energía que abrazaba nuestros cuerpos. Había un dejarse llevar y rendirse al éxtasis que nos transportaba a un reino de conciencia meditante que había disuelto los límites y donde el cuerpo de Cristo era experimentado íntimamente por todos los sentidos. A veces vi la faz de Cristo en la de Frank cuando lo penetraba en la relación sexual. Cuando era penetrado, me sentía penetrado por Frank y Cristo. Cuando gustaba el cuerpo de Frank, gustaba el cuerpo de Cristo. Teníamos una relación de a tres con el amor inclusivo de Dios. Hicimos el amor y extendimos este amor sexual a la eucaristía que celebrábamos semanalmente. Ambas eran experiencias intensas de hacer el amor con Dios. Es una experiencia insuperable hacer el amor y contemplar la faz de Cristo en la de la persona a quien se está amando durante la vorágine de la pasión. El dejarse llevar era cumplido en nuestra plegaria alrededor de la mesa cuando partíamos el pan y compartíamos la copa del amor de Cristo. Hallábamos la intimidad de la comunión tanto en el dormitorio como en el altar. Encarnábamos al amor así como Dios encarnaba al amor en la palabra y el sacramento. Al comer el pan consagrado y beber el vino eran comuniones tan intensas como nuestras relaciones sexuales. ¿Cómo podía dejar de gustar el cuerpo y la potencia vital de Frank en el cuerpo y la sangre de Cristo? ¿Valió la pena el viaje al exilio como sacerdote y amante? Enfáticamente respondo que sí. No importa que pensasen los jesuitas, la Iglesia, la familia o las amistades de nuestra unión pues era santa. Tenía efectos que acrecentaban el amor y la justicia. Desde el inicio, el discipulado de Cristo fue fundamental para nuestra unión y casa. En tanto construíamos nuestras vidas alrededor de hacer el amor, crecíamos en nuestro sentido del ministerio. Nuestros anhelos pasionales del uno por el otro no nos encerraban egoístamente como decían algunos estereotipos críticos sino que nos volvían hacia fuera para comprometernos en acciones comunitarias para seguir a Cristo. Crecimos en compasión así como aprendimos a vivir con pasión y actuar con justicia el uno con el otro. Tal modo de vida fortaleció nuestro propósito de ser compasivos hacia otras personas necesitadas. El hacer el amor canaliza la pasión y activa la acción hacia la justicia.Aunque no adoptamos las estrategias procreativas usuales de tener o adoptar niños, describiría a nuestra unión como metafóricamente procreativa. Nuestro amor procreativo fue derramado en el servicio apostólico al pueblo de Dios. Cuanto más experimentábamos amor apasionado el uno por el otro y la presencia de Cristo resucitado cuando hacíamos el amor, más sentíamos la necesidad de compartirlo con otros. Nuestra relación erótica en la cama y en la mesa nos liberaba para servir a otras personas necesitadas. La pasión era transformada en compasión. Acogíamos en nuestro ministerio hogareño a la gente expulsada de nuestra sociedad, a las personas retrasadas, a las personas gays y lesbianas alienadas y a quienes padecían la penosa realidad del HIV. Creamos una comunidad apostólica de amor para las personas marginadas y desahuciadas. La hospitalidad es un ministerio magnífico cuando imita la mesa de amistad que Jesús practicaba dando la bienvenida a las personas marginadas, pobres, enfermas y a las mujeres. Para nosotros la hospitalidad devino en bienvenida compasiva a la llegada inesperada de personas extranjeras a nuestra casa y a nuestras vidas. Puesto que el SIDA había devastado nuestro círculo de amigos, nos comprometimos en formar una comunidad de base cristiana de personas HIV positivas, amantes, amigas y prestadoras de cuidado. Junto con varios amigos cooperamos en medio de nuestra desolación y dolor contra los estragos del SIDA. Nos tornamos una comunidad herida, una tela humana tejida con plegarias de aflicción para resistir los estragos del VIH, amarnos los unos a los otros y sustentar nuestra acción compasiva. Nuestro amor nos dió energía para esa acción compasiva y sustentó un compromiso por la justicia. Esta capacidad para procrear de nuestra relación no es atípica en la comunidad translesbigay. Personalmente conozco cientos de parejas que han expresado su amor en acciones compasivas del servicio voluntario a la comunidad y en el compromiso apasionado para trabajar por la justicia. Su amor se derrama en los cientos de organizaciones de servicio al SIDA, en servicios voluntarios fuera de la comunidad translesbigay y en la lucha por los derechos civiles.  

sacerdote y amante


Haciendo a Jesús Queer: Más Alla del Reformador Activista 
Robert E. Goss
Cleveland: Pilgrim Press, 2002
 www.pilgrimpress.com

capítulo autobiográfico puesto que la ubicación social es decididamente importante para la comprensión de la teología sexual de su autor. 



La teología sexual siempre incluye al texto de nuestras vidas.

Primero revelé mi identidad y acepté ser una persona gay ante Jesús el Cristo. 
Me llevaría unos pocos meses más revelar mi identidad a otros jesuitas y a los amigos.
Darme a conocer y la conversión religiosa tienen estrechos paralelos. Mi vida cambió para siempre. Advertí que la erotofobia y la homofobia me alienaban del poder más amoroso y creativo del universo. Dios era la raíz de mis anhelos sexuales más profundos. Establecí conexión auténtica con la fuente de mi poder erótico y mi vocación al sacerdocio.
Seguir a Cristo significa llegar a ser quien soy en conexión con otros varones y la humanidad.
El ocultamiento del clero es aceptable solamente para aquellos que desean ascender en la jerarquía cerrada del poder y privilegio religioso de la Iglesia Católica. Mi rechazo a la pretensión de ser una persona heterosexual me marcaría como una persona pervertida a los ojos de mis contemporáneos que preferían ocultarse. Hablé la verdad gay sobre los sacerdotes y religiosos católicos y la manifestación pública de mi identidad implicó ponerme / exponerme a la luz como objeto / blanco de violencia y exclusión. También significaba que entré a lo que era socialmente pervertido y las puertas cerradas se me abrieron como a un sacerdote heterosexual de piel blanca. Los sacerdotes abiertamente gays son peligrosos a una iglesia y jerarquía que prefieren el ocultamiento. En tanto mantengas el secreto, estarás seguro. Como me dijo un padre superior: “En tanto no seas público o te cases con alguien, puedes ser promiscuo”.
Lo que Dios estaba haciendo era prepararme para llegar a ser abierto como sacerdote y amante lo cual me llevaba a una colisión institucional.

Cinco meses después de mi ordenación encontré al jesuita Frank Ring del cual me enamoré. 
Frank estudiaba en la Jesuit Weston School of Theology mientras que yo era alumno / estudiante de primer año en la universidad de Harvard. Frank era bien parecido, sensible, espiritual, divertido, lleno de vida y comprometido e impulsado por su vocación a la justicia social. Nuestro amor e intimidad crecieron. Nos comprometimos en plegarias eróticas y relaciones sexuales. Nuestras relaciones sexuales fueron eucarísticas, intensamente apasionadas y espirituales. Durante ellas sentí a Cristo de un modo que sólo experimentaba en mi solitaria plegaria erótica. Sentí a Cristo cuando hacíamos el amor y no quería renunciar a ello.
Diez meses después de nuestro primer encuentro pasamos una semana juntos en Provincetown. Habíamos estado separados en el verano y en Provincetown comenzamos a considerar la posibilidad de dejar a los jesuitas y vivir juntos. Frank no estaba ordenado y dejar a los jesuitas era una decisión mucho menos difícil. En realidad, él ya había tomado esa decisión antes de iniciar sus estudios teológicos y quería usar ese tiempo para comprobar su decisión. Para mí era mucho más complicado. Siempre había querido ser sacerdote y ahora estaba profundamente enamorado de este muchacho y quería pasar mi vida con él. Y no sabía como unir esto al llamado de Dios al sacerdocio. Inicié entonces un proceso de discernimiento de tres meses con mi director espiritual. Frank hizo lo mismo. Cada día oraba pidiendo la guía de Cristo para ser, a la vez, un sacerdote y un amante. Cristo me respondió la tarde de un domingo en el otoño de 1977 durante una reunión con otras parejas homosexuales. Frank y yo estábamos facilitando un grupo de parejas gays y lesbianas quienes querían desarrollar recursos de comunicación para sostener su intimidad. Frank y yo trabajamos con ellos y habíamos adaptado el modelo de los encuentros matrimoniales católicos a las parejas gays y lesbianas. Facilitamos numerosos encuentros para tales parejas y como sacerdote católico bendije muchas de sus uniones o matrimonios.

La mistica cristiana bisexual y homoerótica


Haciendo a Jesús Queer: Más Alla del Reformador Activista 
Robert E. Goss
Cleveland: Pilgrim Press, 2002
 www.pilgrimpress.com

capítulo autobiográfico puesto que la ubicación social es decididamente importante para la comprensión de la teología sexual de su autor. 


La teología sexual siempre incluye al texto de nuestras vidas. 

La espiritualidad jesuita me daba un marco para la plegaria y el examen racional de mis sentimientos sobre ser gay, en suma, los recursos para revelar mi identidad sexual. Estos recursos espirituales suponían hallar a Dios en todas las cosas, incluso las experiencias sexuales, el foco en Jesús para seguirle como discípulo y una visión cristiana del amor y la justicia. Esos recursos espirituales me ponían en colisión con mi propia imagen y su ocultamiento. Además fueron vitales para mi proceso de darme a conocer y la integración de mi sexualidad y espiritualidad pues cuando la ideología cristiana erotofóbica fue eliminada, los otros recursos fueron poderosos instrumentos para el reconocimiento de la bendición original de la sexualidad.
Después de mi ordenación como sacerdote jesuita en Oswego en Nueva York, tengo el vivo recuerdo de una mañana celebrando la eucaristía en mi parroquia. Durante la oración tuve la visión de Jesús y me sentí excitado sexualmente. Ese sentimiento provocó una reacción de la homofobia internalizada. Me sentí culpable de mi excitación erótica por el varón Jesús. Pero entonces un sentimiento de maravilla y belleza teñido de esa excitación erótica barrió al mecanismo homofóbico internalizado que había desarrollado desde niño católico. Esta excitación erótica por Cristo fue un salto cuántico en mi vida espiritual pues, finalmente, entendí la conexión entre sexualidad y espiritualidad.
Finalmente admití que amaba a Jesús porque era un varón y que estaba bien amarlo apasionada y eróticamente como varón. Me di a conocer a Dios y me llamé gay a mí mismo. Esto fue más que sólo darme a conocer como persona gay pues, en realidad, mis jornadas / mi viaje espiritual y sexual eran un único camino. Esta visión, que entendí era una forma de fantasía lúcida o concepción / visión imaginaria, fue una experiencia de lo que la espiritualidad católica llama contemplación infusa, esto es, la comunicación directa de Dios con la persona orante / en oración y ejerció un profundo impacto tanto en la dirección de mi vida como en mi visión de la eucaristía. La eucaristía y lo erótico quedaron imbricados plenamente en mi espiritualidad. Ese verano, cuando analicé los sentimientos sexuales en mis exámenes de conciencia, pensaba continuamente sobre la experiencia de la contemplación infusa en la oración. Hablé con mi director espiritual para discernir el movimiento del Espíritu de Dios en mi plegaria. También me masturbé permitiéndome hacer el amor con Jesús en la oración y la contemplación. Contemplación es la visión de Dios en imágenes o símbolos durante la meditación. Tiene algunas de las cualidades de la fantasía lúcida y la asociación libre. Estas energías eróticas sobreañadidas ahondaron la experiencia de mi meditación arribando al amor por mí mismo. Mi técnica de plegaria meditada fue imaginarme con Cristo y experimentarlo como un amante. Scott Haldeman, Betty Dodson y Joe Kramer argumentaron a favor de que la masturbación puede ser espiritual y llegar a ser una forma de meditación transcendental.  La masturbación aprovecha y utiliza la energía sexual. Cuando es prolongada puede estimular y ampliar el placer. Cuando las fantasías están enfocadas en hacer el amor con Cristo, la experiencia se abre a la conciencia profunda y fundamental de Dios. Por cierto, mis visiones de Jesús eran explícitas imaginando eróticamente diversas formas de hacer el amor con Jesús el Cristo. Tenía relaciones sexuales con Jesús, a veces activas, otras pasivas. Mi relación con Cristo era mutua y profunda. Jesús llegó a ser el primer amante varón con quien me sentí plenamente confortable. Para mí fue un progreso natural moverme de ser un compañero a convertirme en un amante y, entonces, a enamorarme de un varón. Dios no es ni varón ni mujer pero la presencia de Dios en la contemplación puede evocar imágenes masculinas o femeninas. La plegaria encarnada o el compromiso en la plegaria erótica poseen una larga tradición en el misticismo cristiano donde Cristo es experimentado como un amante masculino o femenino.
La tradición mística cristiana es primeramente bisexual y homoerótica porque Dios ha sido tradicionalmente imaginado masculino. Esto aparece en los escritos de las visiones de los místicos de la Edad Media tardía de la historia cristiana tales como Hadewijch, Hildegarda de Bingen, Teresa de Avila y Juan de la Cruz entre muchos otros. También averigüé que algunas mujeres oran con sus cuerpos y experimentan orgasmo en comunión con Cristo. Frecuentemente, el éxtasis sexual acompaña al éxtasis espiritual y ambos acarrearían descarga orgásmica. En cuanto a mí, la plegaria erótica me impulsó a una intimidad renovada con Jesús el Cristo, una percepción novedosa de mis interconexiones con la humanidad y la naturaleza y un nuevo nivel de discipulado. Más tarde en la vida, mi meta teológica ha sido articular una teología sexual que abarque la integración de sexualidad y espiritualidad, configuraciones distintas de las relaciones, la interconexión entre hacer el amor y hacer justicia y el eros como revelación de Dios.  
Cuando apliqué las reglas para el discernimiento de las experiencias religiosas genuinas a mi contemplación erótica, encontré todos los criterios de lo que, tradicionalmente, era entendido como contemplación infusa. Tuve la experiencia de una plena bondad y rectitud en mi contemplación amorosa con Jesús el Cristo y llegué a aceptar mi condición homosexual del mismo modo que Jesús el Cristo aceptó mis sentimientos eróticos de amor. Ese verano en Oswego en Nueva York vislumbré una pequeña porción de la plenitud de la gracia erótica de Dios y la gracia de haber nacido gay. 
Aún debía comprender la magnitud de las consecuencias de ser un sacerdote gay en la Iglesia Católica y estaba lejos de entender lo que significaba ser un sacerdote queer en el exilio.
¡Poco imaginé lo que la gracia erótica de Dios me preparaba para los siguientes meses! 

jueves, 17 de mayo de 2018

Joseph Doucé


Pastor bautista gay y psicólogo que dirigía el Centre du Christ Libérateur en París, nació en una familia campesina pobre y católica el 13 de abril de 1945, en Sint-Truiden, Bélgica. Demostró pasión por los estudios religiosos y los idiomas (francés, alemán, inglés e italiano, así como holandés) en su juventud. Después de servir en el ejército, se estableció en Francia en 1964. En 1967, se convirtió a la fe bautista y, después de estudiar en Suiza, se convirtió en pastor. De 1970 a 1974 sirvió en parroquias en Lens y Bethune.
Muy consciente de su homosexualidad, Doucé comenzó sus estudios de psicología y sexología con el objetivo de fundar un centro para servir a las minorías sexuales. De 1974 a 1976 estudió las necesidades pastorales y psicológicas de las minorías sexuales en la Universidad Libre de Amsterdam, parcialmente respaldado por una subvención del Consejo Mundial de Iglesias.
En 1976, Doucé se mudó a París y abrió el Centre du Christ Libérateur (CCL), según los informes en un teatro pornográfico. Al parecer, fue el único espacio que pudo encontrar para hacer este ministerio en ese tiempo represivo en Francia. Doucé pronto desarrolló una red de partidarios de las clases profesionales en muchos países diferentes y pudo reubicar el CCL a la rue Clairaut.
La CCL celebró reuniones para transexuales, travestis, homosexuales, lesbianas y pedófilos. Publicó una pequeña revista ILIA, que significa Il Libère, Il Aime (" Libera, ama"). Doucé realizó ceremonias de bendición para parejas, tanto homosexuales como heterosexuales. El brazo editorial de la CCL, Lumière et Justice , publicó los diversos trabajos de Doucé sobre temas como la transexualidad, las parejas homosexuales y lesbianas, la pedofilia y el sadomasoquismo. Debido a que CCL y Doucé se acercaron a un amplio espectro de minorías sexuales, su trabajo a menudo era controvertido. Se convirtió en ciudadano francés en 1982.
Doucé y CCL fueron miembros fundadores de la Asociación Gay Internacional (más tarde Asociación Internacional de Lesbianas y Gays). A través de sus contactos IGA, Doucé se dio cuenta del brote de AID y fue uno de los primeros educadores sobre esta enfermedad y epidemia en París.
A finales de la década de 1980, Doucé y su socio Guy Bondar abrieron una librería, Autres Cultures("Culturas diferentes"), en la rue Sauffroy, en el corazón de París. El colega Andrej Koymasky señaló que "la tienda ofrecía mucha literatura sexológica interesante en varios idiomas que no se podía obtener en otro lugar. Recuerdo claramente la época en que una gran piedra había sido arrojada por el cristal de la ventana ... era una advertencia. "
Bondar informó que la noche del 19 de julio de 1990, dos hombres vestidos de civil llamaron a su puerta, mostraron placas que indicaban que eran policías y le pidieron a Doucé que los acompañara para interrogarlos. Nunca regresó y el 24 de octubre de 1990, su cuerpo gravemente descompuesto fue descubierto en el bosque de Fontainebleau, al suroeste de París. Se ha afirmado que Doucé era el objetivo de Rensignements Generaux (RG), una rama de la policía nacional francesa que investigó temas políticos. El RG tenía una reputación de actividades ilegales y corruptas. El ministro del Interior francés disolvió el RG, en parte como resultado de la controversia sobre la desaparición y el asesinato de Doucé. Su asesinato nunca ha sido resuelto.

Erotismo sagrado



Haciendo a Jesús Queer: Más Alla del Reformador Activista 
Robert E. Goss
Cleveland: Pilgrim Press, 2002
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capítulo autobiográfico puesto que la ubicación social es decididamente importante para la comprensión de la teología sexual de su autor. 

La teología sexual siempre incluye al texto de nuestras vidas. 

...Muy pronto advertí que entre los jesuitas y los sacerdotes católicos había muchos varones como yo a quienes les no atraían las mujeres. Cuando joven consideré a los sacerdotes como varones que habían aprendido a controlar sus pasiones mediante una lucha heroica.
 El ingreso a los jesuitas fue como el de un niño a una juguetería o, como lo llama Joe Kramer, a un “paraíso homosexual”.  
Muchos de los varones eran como yo mismo y había una red subalterna de hermanos jesuitas que mantenían relaciones sexuales entre sí. Yo aprendería a convertirme en una persona sexualmente madura. Había entrado a los jesuitas según el modelo de Pablo, reprimido y temeroso de mis sentimientos homoeróticos aunque sublimándolos en mi amor por Jesús.Mi propia homofobia internalizada bloqueaba mi autoestima y el auténtico amor a otros varones, incluyendo a Cristo. La espiritualidad del cuerpo deficitario expresaba aborrecimiento al cuerpo y daba un horizonte para odiarlo y controlarlo. / Las espiritualidades del desprecio del cuerpo manifiestan aversión al mismo y brindan un horizonte para el odio de los cuerpos y la necesidad de controlarlos. El miedo al cuerpo es uno de los principales en la cultura anglosajona norteamericana. Los cuerpos fueron considerados peligrosos para la búsqueda espiritual. La vida del cuerpo y la vida del Espíritu han permanecido incompatibles para los especialistas de la religión. A innumerables personas religiosas y del clero católico les fue requerido un voto de castidad o celibato para hacer lo que es antinatural, la eliminación de la pasión. La pasión sexual normal fue descrita como lujuria. Aunque jamás hubiesen tenido relaciones sexuales, muchas personas religiosas y sacerdotes se sintieron tan culpables como si hubiesen tenido tórridos asuntos amorosos con Cristo. El dualismo entre cuerpo y espíritu cargó su precio sobre ellos. Muchos recurrieron a la bebida para apaciguar los impulsos eróticos del cuerpo, otros crearon estrategias alternativas para mantener vivos sus cuerpos para la pasión y la sensualidad. A pesar de mi vigilancia sobre los impulsos físicos y la masturbación en el campo de fajina, nunca pude elevarme hasta el yo ideal del jesuita que todos los novicios intentaban cultivar. En los días festivos nuestros cuerpos reprimidos y rígidamente controlados se rebelaban. En cuanto teníamos la oportunidad de evadir el orden diario rigurosamente regimentado, dejábamos la disciplina del cuerpo a nuestras espaldas y caíamos presa de los anhelos homoeróticos por ser tocados y amados / tocar (acariciar) y amar. Al cultivar un cuerpo inerte, sufría de un déficit de caricias. Como muchos otros seres humanos, deseaba la caricia y la intimidad emocional. Con frecuencia uno de los novicios me preguntaba si deseaba un masaje en la espalda. La primera vez asentí sin advertir, ingenuamente, que un masaje en la espalda era un eufemismo por la relación sexual. La caricia y el amor humano son necesidades reales y el rigor ascético para desarrollar “cuerpos inertes” atenta contra nuestra naturaleza humana. Los bebés necesitan el contacto físico para sobrevivir. Por supuesto, me sentía agobiado por la culpa de estas experiencias. Más tarde advertí que compartía una norma con los compañeros sexuales jesuitas. Llamaba a ese síndrome: “Estaba borracho esa noche y olvidé lo que hice”. Este mecanismo de negación permitía a algunos de mis compañeros sexuales jesuitas negar su necesidad humana por el sexo y el amor, y su expresión y calidez físicas. El mecanismo de negación me distanciaba de mis compañeros sexuales hasta el siguiente encuentro y el ciclo de la necesidad humana por la intimidad, el contacto sexual clandestino y la abrumadora culpa y vergüenza se repetían por sí mismas. Era la pretensión del celibato y de la inercia corporal. Cuando ulteriormente / posteriormente lo conversé con otros jesuitas, supe que estos actos de resistencia a la disciplina ascética del cuerpo eran más comunes que lo que había imaginado. Descubrí que un novicio amigo respetado por su piedad rigurosa y devoción mariana era promiscuo. Su cuarto tenía una puerta a una salida de emergencia que conducía a la calle. Esta salida de emergencia era transitada por una increíble cantidad de varones que no eran jesuitas para encuentros sexuales. Ciertamente que él no era muy diferente del resto. Este síndrome de libertinaje y puritanismo rechazaba al cuerpo. El puritano entendía al cuerpo como un obstáculo para la experiencia religiosa mientras que el libertino reducía el cuerpo al placer sin condicionamientos. Uno mataba al cuerpo mediante el desuso, el otro mediante el uso excesivo. Ambos, el puritano y el libertino, fracasaban en la integración del cuerpo en un camino espiritual. Tanto el temor como la obsesión con el cuerpo depreciaban al cuerpo y la sexualidad como sitios potenciales de lo sagrado. Ambos devaluaban al mundo, uno por el rechazo, el otro por el consumismo. El puritano excluye a la sexualidad de la experiencia religiosa en tanto que el libertino a la espiritualidad profunda. La paradoja es que la sexualidad y la espiritualidad están superpuestas y es difícil lograr profundidad en una sin la otra. Tales experiencias sexuales, aunque miradas con mala cara / desaprobadas por las instituciones, contrapesaban a las teologías y prácticas dualistas tradicionales que oponían el cuerpo al espíritu. Algunos jesuitas me guiaron a una madurez espiritual y sexual enseñándome que lo erótico era una puerta de meditación a lo sagrado. El cuerpo no debía ser anulado por las prácticas austeras de la abnegación sino estimulado por su afectividad e,incluso, su sexualidad. El cuerpo era sacramental, el lugar de la revelación y el sitio del espíritu. Comencé a experimentar la conexión entre el cuerpo y el espíritu, la sexualidad y la espiritualidad. 
Me inicié en la meditación sexual haciéndome conciente de su conexión profunda con Dios, vinculando / sprovechsndo la energía sexual en la interconección con las personas y el mundo. y empalmándola con la gente y el mundo. Llegué a conocer a Cristo en mis más íntimas relaciones. Me di cuenta que la bendición orgásmica poseía muchas de las cualidades sutiles de la intensa y sublime contemplación carente de conceptos de Cristo. Mucho más importante fue que comencé a curar la fractura entre mi yo espiritual y mis urgencias corporales. Comencé a enfrentar la homofobia internalizada que bloqueaba al espíritu. Lo erótico es la encarnación de la espontaneidad del espíritu.
La erradicación de la sexualidad sería para nosotros en tanto personas corpóreas el bloqueo permanente del espíritu.
Advertí que la sexualidad no es ni periférica ni destructiva a mi espiritualidad pues está íntimamente imbricada en el centro de la vida humana. La sexualidad es un medio simbólico de comunicación y comunión que expresa nuestra necesidad humana para conectarnos física y espiritualmente. Este impulso a la conectividad en la sexualidad y la espiritualidad nos capacitaría para comprender no sólo sus mutuas conexiones sino además sus conexiones con la justicia. 
Durante mis estudios teológicos de preparación para la ordenación sacerdotal, hallé más jesuitas dispuestos a las relaciones sexuales. Novicios, sacerdotes, padres superiores y directores espirituales me enseñaron como amar a los varones. Ellos me guiaron en el amor humano y la justicia. Rememoro el período de mis estudios teológicos cuando algunos de los jesuitas me infundieron el amor a la humanidad, a la justicia y a la relación sexual con los varones. Integré mis profundas experiencias de la sexualidad con mi plegaria por y mi trabajo por la justicia. Trabajé en una colonia de leprosos en la India y en la de los indigentes moribundos de la Madre Teresa en Calcuta. Tuve la experiencia directa de la muerte y recuerdo a los ojos de Cristo en la cara de un agonizante. Sabía unas pocas palabras en bengalí y lo sostuve en mis brazos mientras moría. Su muerte en mis brazos fue tan íntima como cualesquiera encuentro sexual con otro varón. Lavar y cuidar a varones agonizantes en la Casa de los Indigentes Moribundos llegó a ser una experiencia encarnada de tocar y cuidar a Cristo. Vi la cara de Cristo en la de los pobres, enfermos y abandonados. Estas experiencias permanecieron como gracias en mi vida e impreso la dirección de una espiritualidad erótica vinculada a los temas de la justicia. Si amo a Cristo debo, entonces, comprometerme a amar su presencia en las personas necesitadas. La espiritualidad encarnada se convirtió en la recuperación de la sensualidad corporal y la apertura a la vida. La escisión del yo y del cuerpo resultaba en conductas egocéntricas, y la degradación y el castigo del cuerpo. Es una lucha triste e infructífera para superar al cuerpo en busca del espíritu. Recobré mi cuerpo de la adicción insidiosa al dualismo tan arraigada en el cristianismo desde el segundo siglo. El tratamiento de mi propio cuerpo odiado comenzó con su descubrimiento, masajeándolo, tocándolo y dándome cuenta de él. Aprendí TaiChi, danza, yoga, sexualidad autoerótica, técnicas de meditación zen, psicoterapia y ayuda a bien morir. Redescubrí la encarnación y descubrí la apertura a la realidad.
Descubrí que en mi cuerpo trasparecía el espíritu, estaba lleno del entusiasmo por la vida y del deseo sexual por los varones. Era menos un obstáculo que una puerta para la plegaria. Mi cuerpo comenzó a ser el medio para ampliar mis vínculos con la gente y con Dios. 
Mi despertar espiritual y sexual tuvo lugar con los jesuitas. Desperté a la bondad del cuerpo y a la belleza del espíritu. Sexualidad y espiritualidad estaban entretejidas con el sistema de energía del cuerpo y el espíritu. Mi relación con Jesús el Cristo estaba en desarrollo. Mi jornada de recuperación del cuerpo me transformó de un imitador del reprimido Pablo al discípulo amado. Me sentía atraído por la descripción física del discípulo amado cuya cabeza reposaba en el pecho de Jesús durante la última cena. Como tantas personas cristianas gays, intuía que Jesús y el discípulo amado expresaban físicamente su amor así como lo celebraban sexualmente. Confirmé mi vocación al sacerdocio y al ministerio en mi despertar a la encarnación. Descubrí que la eucaristía era parte importante del amor físico que comenzó a tomas una dimensión homoerótica. Jesús dijo: “Este es mi cuerpo que es dado a vosotros”. Comer el cuerpo de Cristo y beber su sangre eran actos físicos de participación, comunión y de relación amorosa sexual.
Estaba amando a Jesús con un nuevo y erótico modo. / Me estaba enamorando de Jesús de una manera nueva y erótica. 

Cuerpos inertes (sin vida), cuerpos crucificados



Haciendo a Jesús Queer: Más Alla del Reformador Activista 
Robert E. Goss
Cleveland: Pilgrim Press, 2002
 www.pilgrimpress.com

capítulo autobiográfico puesto que la ubicación social es decididamente importante para la comprensión de la teología sexual de su autor. 
La teología sexual siempre incluye al texto de nuestras vidas. 

A pesar de mi inclinación al pecado, sentí que Jesús me amaba. Era un amigo y un compañero a quien amaba genuinamente y cuya presencia sentía. Siempre sentí que el Jesús que conocía como compañero y amigo discordaba con el Jesús representado por los curas y las monjas. Sin embargo, la Iglesia lo representaba como al salvador crucificado que juzga toda transgresión. La sexualidad y el retrato de Jesús de la Iglesia estaban en conflicto dentro mío: ¿quién ganaría el control de mi cuerpo?. Durante cierto tiempo ganó el Jesús de la Iglesia. En lugar de hacerme sexualmente atractivo a otros varones, comí en exceso y aumenté de peso. Me hice repelente y durante el colegio secundario mi sexualidad estuvo inactiva excepto ocasionalmente. A menudo, canalicé mis impulsos eróticos en la oración. Amaba a Jesús y deseaba seguirlo. Quería ser uno con él. Lo que realmente deseaba era hacer el amor con él pero estaba demasiado agobiado por la culpa para admitírmelo. En la quietud de la oración, sentí el amable llamado a seguirlo. Habiendo crecido como católico, sabía que no me atraían las mujeres ni estaba interesado en el matrimonio. Las únicas opciones que parecían disponibles eran la vida religiosa o el sacerdocio. Mis deseos eróticos y los sentimientos por los varones contribuyeron pero no fueron la única razón para que me convirtiese en sacerdote jesuita.
 Ingresé a la Orden de los Jesuitas tan emocionalmente conflictuado y agobiado por la culpa como San Pablo. Intuí que compartíamos un mismo aguijón en la carne. Pablo sentía la tremenda culpa y vergüenza que le provocaba el auto-desprecio y la baja autoestima que yo comprendía muy bien: “¡Soy un pobre miserable!, ¿quién me librará de este cuerpo mortal?. ¡Gracias a Dios por medio de Jesucristo Nuestro Señor!” (Rom. 7:24). Combatí contra el mismo cuerpo que despreciaba y que ahora comprendí que era homofobia internalizada. Pablo entendió su aguijón como un agente invasor, sólo podía esperar la protección de Dios (2 Cor. 12:7-9). El aguijón lo confundía interiormente, lo angustiaba y lo describió como una enfermedad del cuerpo (Gal. 4:13). Pienso que Pablo poseyó una condición como la mía que consideró incurable, que sustentaba una guerra interior y que le provocaba desprecio por sí mismo. 
Más bien que buscar el matrimonio como descarga para su pasión, Pablo buscó una relación con Cristo. Reprimió sus sentimientos homoeróticos en una relación homoerótica con Cristo. El escondite de Pablo fue el prototipo del escondite del clero católico y muchas personas católicas ignoran cuan real es esta dinámica psicológica en las órdenes religiosas y el sacerdocio. Es demasiado difícil para ellas entender que una considerable mayoría de los religiosos y sacerdotes son personas homosexuales.
Cuando comencé el noviciado jesuita, o campo de fajina, me sumergí en las ya residuales actitudes y prácticas de mortificación del cuerpo preservadas por la Compañia de Jesús desde sus orígenes medievales. Me había comprometido a ejecutar prácticas ascéticas y disciplinarias para dominar a las “criaturas del placer”, esas cosas materiales que nos esclavizaban. Me estaba entrenando dentro de un modelo militar para vivir sencillamente y convertirme en un soldado de Cristo. Cuanto más intensa fuese mi plegaria, más preparado estaría para seguir y servir a Cristo. Bajé veinte kilos con el ayuno y el ejercicio físico en un retiro de un mes y en los meses siguientes. Aunque aparentemente estaba ajustando mi cuerpo a las exigencias del ministerio también, inconcientemente, me estaba haciendo atractivo a Cristo. En tanto joven e influenciable novicio, estuve sujeto al látigo, flagelium. Había noches en la que el prefecto o el subprefecto de novicios ponían un cartel en latín, hoc nocte, avisando esta noche. El cartel indicaba que debía azotar mi cuerpo con una cuerda con nudos, el flagelium. Dado que era un joven ingenuo recién salido del colegio secundario, llevé a cabo la flagelación muy seriamente. Estaba allí para dedicar mi vida a Dios y al servicio de Dios. Me desnudaba hasta la cintura y azotaba mis espaldas por devoción y amor por Jesús. Nunca sangré pero dejé marcas en mis espaldas. Los soldados romanos habían azotado a Jesús, coronado de espinas, escupido, desnudado y crucificado. Que Jesús hubiera muerto por mí, hacía más intensa mi piedad. Me azotaba apasionadamente identificándome con Jesús y enamorado de él. Quería compartir los sufrimientos del ser humano que amaba. A veces, recordándolo, me pregunto si la flagelación no era una forma de masturbación. Mi piedad jesuítica promovía la identificación erótica con Jesús. Algunos de mis amigos ex jesuitas me contaron de ocasiones en que se sintieron excitados sexualmente cuando se azotaban. Ahora puedo apreciar que el padre Raymond Bertrand, fomentaba la relación homoerótica con la imagen del cuerpo desnudo de Jesús retorcido de dolor en la cruz. Frecuentemente, hablaba de ser abrazado y amado por Jesús desde la cruz y, con suma ternura, del amor de Dios por mí. Estando en oración imaginaba a Jesús desnudo como un varón musculoso, bien parecido, con barba abrazándome lo que me excitaba sexualmente. Me veía hundiendo mi cara en su velludo pecho y advertía que estaba luchando contra fantasías sexuales. El propósito del ascetismo católico era reprimir los impulsos sexuales, mantener los penes flácidos y crear cuerpos inertes, pero la piedad del amor católico estimulaba un amor erótico por Jesús. El ascetismo católico exigía la disciplina del pene blando mientras que la piedad católica transformaba las prácticas ascéticas en una estimulación erótica del pene.
Sólo años después fui capaz de sortear esa contradicción entre el ascetismo del pene blando y la piedad que lo estimulaba. Para los santos Pablo e Ignacio, la carne era el enemigo. Ignacio de Loyola se azotaba con frecuencia o permanecía sumergido en el río en pleno invierno para dominar sus pasiones. De las conversaciones con mi director de noviciado me formé la idea que Ignacio había inventado la ducha de agua fría. El cuerpo, el lugar de la tentación y del placer sexual, era la puerta que Satanás podía usar para tentarme y apartarme de Dios. Las ropas interiores de lana cruda habían sido abolidas en la época que ingresé al noviciado de la orden pero las actitudes hacia la mortificación del cuerpo estaban aún vigentes en esos años de mi formación. En el noviciado tuvimos varios sacerdotes estrafalarios que llevaban a cabo muy seriamente esas prácticas. Se decía que uno de esos escrupulosos y amargados sacerdotes usaba un gancho para sostener sus órganos genitales cuando los lavaba con un cepillo para evitar siquiera tocarlos. Estos instrumentos habían sido abolidos antes que ingresase al seminario. Las cadenas, catenulae, fueron otros de los instrumentos usados para torturar el cuerpo. Era un artefacto similar a un eslabón con púas hacia adentro muy parecido al borde de un muro con alambre de púas. La cadena era usada debajo del cinturón y las púas pinchaban pero, usualmente, no lastimaban la piel y sólo la irritaban. Cuando el prefecto o subprefecto del noviciado ponían el cartel ´mañana a la mañana´, cras mane, indicaban que la mañana siguiente debía usar la cadena como signo de penitencia. Incluso teníamos otro ritual de dominación y sumisión para crear cuerpos inertes. Vivíamos en un gran edificio institucional donde la agenda diaria estaba rígidamente controlada. Comíamos juntos, orábamos y estudiábamos juntos, trabajábamos juntos. Los únicos momentos que estábamos aparte y fuera de la mirada de otros era cuando estábamos en nuestras celdas. Un libro de reglas de conducta estaba pensado/ Habian diseñado un libro para controlar las actitudes del cuerpo y conformar al cuerpo célibe. Estas reglas ordenaban nuestras actitudes y conducta cotidiana. Debíamos caminar pausadamente, erectos, sin dar jamás la apariencia de prisa. Nuestros ojos debían estar siempre bajos, especialmente cuando estábamos en público y mucho más si veíamos a una mujer o, en mi caso, un varón atractivo. Nuestros ojos debían estar bajos cuando dirigíamos la palabra a un superior. Pero frecuentemente ojeaba / ¡Cuán a menudo observaba / la entrepierna de los otros novicios mientras obedecía literalmente la regla de la modestia para la mirada!. Nuestras conversaciones debían ser siempre edificantes y jamás frívolas. Tampoco debíamos mantener las manos en los bolsillos ni, mucho menos, tocar y estimular nuestros genitales. Elevábamos nuestras preces / Orábamos rígidamente arrodillados, un gesto medieval de sumisión del vasallo al señor. Nunca debíamos estar solos con otro novicio. El libro de órdenes, un libro de reglas para la comunidad, decía: nunca dos, siempre tres, nunquam duo, semper tres. Éramos agrupados en tres para los paseos fuera del seminario. El libro de órdenes prevenía contra las “amistades particulares” pues debíamos amar a todos por igual. Por último, no debíamos tocarnos el uno al otro, noli tangere. Estas y otras reglas estaban destinadas a crear cuerpos sumisos, obedientes y asexuados. Pero al tratar de reprimir mis sentimientos sexuales, se hacían aún más intensos. El cuerpo debía ser negado, disciplinado, sujetado, restringido. Debía ser abusado en nombre del autodominio y la trascendencia espiritual. El yo ascético estaba desencarnado y fragmentado pues había sido separado del cuerpo. La separación del yo del cuerpo había tenido trágicos resultados pues degradó el cuerpo y la sexualidad humana en particular. La espontaneidad del cuerpo era temida y denigrada. La encarnación era vista no como una mediación sino como un bloqueo del espíritu. El régimen de mortificación corporal para alcanzar el yo ascético entumecía a la persona para los aspectos corporales de la compasión y la justicia. Era un régimen parecido a la anorexia nerviosa con la que compartía las características del ascetismo del control severo, la retención de fluídos y la anulación del sexo. El sociólogo Bryan Turner puntualizó / señaló el paralelo entre la anorexia y el ascetismo religioso. Como la persona ascética, la persona anoréxica intenta controlar el mundo interior mediante un régimen de ayuno e inanición. La mujer anoréxica procura suprimir la menstruación y adopta una actitud y cuerpo infantil. Es mediante el ayuno y la disciplina del cuerpo que la persona ascética se convierte en una persona asexuada. Cierta mañana en que estaba usando la cadena y cuando dejaba la capilla luego de / los rezos / la visita matutinos, un novicio amigo desobedeció la regla del no tocar, noli tangere, me sujetó y rodeó mi pecho con su brazo. Di un alarido pues la cadena que lo rodeaba había lacerado mi pecho. El suceso me dejó pensando sobre el valor de la cadena y de la mortificación del cuerpo. ¿Porqué Dios odiaba el cuerpo?, ¿porqué los jesuitas y otras personas religiosas católicas /estaban rechazando/ rechazaban el cuerpo?, ¿porqué las actitudes y prácticas católicas rechazaban lo sensual y los placeres del cuerpo?. Durante la mayor parte de su historia la cristiandad católica había intentado negar el cuerpo torturándolo y aliviándolo del sentimiento humano. El ascetismo teme al cuerpo y sus placeres pues surge de un estricto dualismo entre el cuerpo y el alma. En general, el cristianismo católico siente que fue necesario aliviar el / al cuerpo y su afectividad para que el espíritu florezca y viva. Algunos ascetas obtenían placer de la tortura física o de los picos de secreción de endorfina provocados por los estados de privación física. Para algunas personas religiosas, la tortura corporal conducía a la excitación sexual. Considero / Comprendí al ascetismo el hacer de mí mismo un mejor instrumento al servicio de Cristo. Mi cuestionamiento inició un proceso que me condujo a afirmar que Dios creó mi cuerpo tan bueno como santo. Tomé seriamente la encarnación de Dios: “Y el Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros lleno de gracia y verdad”, Juan 1:14, Si Dios se encarnó, pensé, el cuerpo debe ser un vehículo de la gracia y la verdad. El cuerpo no era un obstáculo sensual para la vida religiosa y moral. Era un vehículo para conectarse con Dios. Cuán irónico que la misma religión que creía en la encarnación de Dios fuese constantemente negativa hacia la carne humana.
El humor nos ayudó a sobrevivir y a no tomar muy seriamente a la piedad del cuerpo como déficit. La retórica negativa del cuerpo del cristianismo medieval fue cambiando y aminorando a medida que las reformas del Concilio Vaticano II eran implementadas en la Sociedad / Compañía de Jesús. El cuerpo estaba convirtiéndose en el sitio de la gracia, pleno / lleno de nuevos peligros.  

Reseña para "LA FLOR INVERTIDA" - Puntuación: 🌟🌟🌟🌟🌟 5/5

Opinión: Las letras del autor las conocí por su libro "Equipaje Ancestral" que tuve la suerte de ganarlo en un sorteo que realizo,...